Poco hay que decir que no se haya dicho ya durante la semana. Muchos recortes que afectan directamente a los ciudadanos y pocos, poquísimos que adelgacen la administración a un punto económicamente sostenible. Y sorprendentemente para mi, un servidor que cojea como muy bien saben ya los lectores de un solo pié, no se habla de una supresión de autonomías que rebajaría el costo que tienen las administraciones al menos a la mitad. Pero ya saben, hablar de eliminar Generalitats o Lehendakaritzas es poco menos que mentar la soga en casa del ahorcado.

Y aún así, sabiendo que cuando se dicen estas cosas poco más de la mitad de los lectores suelen dejar de ojear lo escrito, uno atisba a vislumbrar que en el hipotético caso en que los políticos pidieran en referéndum la opinión ciudadana para tal asunto, el resultado sería más cercano a mis posiciones que a las de aquellos, que ofendidos, le dieran a la cruz roja de la esquina de su navegador. Ya saben, los presentimientos no entienden de política, del mismo modo que para los defensores de semejante gasto en instituciones no entendemos quienes pedimos su supresión.

Con las subidas de impuestos y la penalización a los parados, hay quienes defienden la existencia de cortijos autonómicos. Son por lo general los mismos que hoy se echan a la calle para protestar contra los recortes. Los que no tienen soluciones y buscan solo lanzarse a los brazos de cualquier salvapatrias que se encuentren al final de la mani. Los mismos, que ante la solución presupuestaria que doy yo, responden con un portazo. Es lo que hay. Habiendo soluciones sencillas y rápidas, nos anclamos a la desesperación de quien pretende mantener el estado de los cortijos.

Y después decimos que los políticos no nos escuchan…

Uno se aficiona a leer panfletos, ya saben, esos recortes de pensamiento anónimo estampados en páginas otrora blancas como la nieve y hoy emborronadas bajo las tachaduras de una segunda e inútil valoración de lo escrito antes de ser publicados, y se olvida de que la única razón que existe para que ellos, los panfletos, pervivan a lo largo de los años, es, ni más ni menos, que la propia existencia de seres como nosotros, que subyugados al placer que proporciona el que les regalen los oídos, se perpetúan en la sociedad favoreciendo que lo que bien podría haberse finiquitado de un plumazo, se convierta en alimento imprescindible del extinto intelecto individual, que más tarde pasará a convertirse en colectivo, y que acabará, cómo no, trocado en una losa que entierre lo que un día pudo representar el pensamiento crítico individual.

El mundo, señores, se nos va a la mierda. No nos queda nada que podamos defender del modelo que nos dimos. Políticos. Banqueros. Instituciones. Funcionarios. Nuestras quejas suenan vacías. Suenan iguales salgan de la boca que salgan. Renegamos de lo que ayer aplaudimos. Lo desechamos al cubo de la basura y borramos de nuestra memoria cualquier atisbo de razón para su existencia que nuestras libidinosas mentes pudieran esconder entre sus insondables pliegues. Olvidamos, como nos pedía el Gran Hermano de George Orwell, y aceptamos sin remordimiento que tanto da cuatro que cinco, con tal de que nuestra respuesta, correcta o incorrecta, agrade a quien deba agradar. Sin remordimientos. Sin juicios de valor. Sin pestañear.

Leemos y mientras tanto asentimos. Sin apartar la mirada de los renglones que tememos perder de vista no sea que cambien en el tiempo de un parpadeo. Ardemos en deseos de leer la verdad definitiva. Pero no para regodearnos en ella. No. Lo hacemos para poder dejar de aprender nuevas verdades. Para parar de desechar recuerdos que puede que en realidad nos gusten, pero que la actualidad nos obliga a obviar. Reaprendemos a aprender y a mecanizar respuestas establecidas en otras mentes. Repetimos frases, conceptos e ideas ya mascadas por otros, a las que les incorporamos sintaxis equivocadas con las que personalizarlas sin que se puedan desvirtuar en sus contenidos, sus significados, sus fines. Yo leo. Critico y leo. Y aún así, sólo soy capaz de escribir panfletos.

Poco más hay que decir salvo una sola cosa, yo al menos no vivo de ello.

Toda esta semana he estado escuchando referencias en la radio al boson de higgs y en todas y cada una de ellas me he quedado igual tras escuchar la definición pertinente. Supongo, y creo suponerlo bien, que ello habrá sido porque servidor, y la mayoría de los mortales a este lado de la pantalla del ordenador, nos quedamos saturados con los conceptos de electrones y neutrones cuando acudíamos ávidos de saber a nuestras clases de EGB. Y claro, explicar algo complicado con palabras y conceptos sencillos no está al alcance de todos. Y menos al alcance de aquellos que se ponen tras un micrófono con un montón de apuntes delante, mientras tratan de pasar por expertos cuando lo máximo que llegan a ser son excelentes buscadores de respuestas en la Red.

Por ello he decidido que nada mejor que un vídeo para explicar lo que es la partícula de Dios. Y ahora sí, tras verlo, me puedo hacer una idea vaga, superficial y escandalosamente errónea de lo que finalmente es algo que nunca llegarán a ver estos lindos ojillos que me presentan al mundo cada día.

8 Comentarios

Un país de gestos

Todos estamos acostumbrados a los gestos con los que los políticos inundan nuestros telediarios y artículos de opinión preferidos, ¿pero qué hay de los gestos que nosotros mismos dirigimos como sociedad?

Los veintidós aspirantes a peón de servicios múltiples y enterrador del Ayuntamiento de Calig (Castellón) suspenden el primer examen y dejan la convocatoria por oposición desierta en primera instancia.

Díganme señores lectores…¿Qué cojones nos está pasando a todos?

Uno se pregunta de vez en cuando si no será verdad aquello de que nos ahogamos en la escoria que nosotros mismos creamos. Vivimos pendientes del mundo y el mundo, asqueroso en sus formas hasta para eso, nos obvia como obvia un elefante a una hormiga al pasar camino de la charca en la que disfrutará de unos momentos de alegría y regocijo. Nos quejamos del mundo y, para cuando el mundo nos permite poder informarnos a través de las Redes eligiendo nosotros mismos las fuentes de las que beberá nuestro desentrenado y cuasi atrofiado intelecto, vamos y nos apuntamos a las mismas misas de las que huimos desde el instante en que tomamos la primera comunión.

He estado observando mi propio TL. Es encender mi móvil para curiosear lo que por Twitter se escribe y caérseme los ojos al suelo. Todos y cada uno de los tuits que leo están ahí por mi, así que poco o nada puedo reprender a sus autores, pero me escama tener que leer de vez en cuando cosas, qué digo cosas chorradas que en lugar de favorecer opinión y debate promueven visceralidad y sectarismo a raudales.

Hubo un tiempo en que servidor creyó en una red copada por ciudadanos hambrientos de conversación. Hoy solo veo egos encriptados en seseras, que bien podrían haber elegido la rodilla para nacer, pero que tuvieron a bien hacerlo entre los hombros. El mundo hubiese ganado mucho con ese cambio. Nuestro TL es como los políticos a los que votamos. Tenemos la mierda que queremos y nadie salvo nosotros nos la impone. Yo personalmente estoy rodeado de sectarios, por aquí y por allí, que como yo, sectario donde los haya, se niegan a reconocer su falsa modestia y su limitada capacidad de diálogo porque éstas no salen a relucir a no ser que les niegues la mayor en un lance del debate.

El otro día salieron los datos del paro. Y de golpe me vinieron a la cabeza los recuerdos de las reacciones de los últimos años sobre esos mismos datos de Junio y los cambios de papeles entre unos y otros. Hoy el PP parece el PSOE del año pasado y al contrario. Mi TL ha sufrido una metamorfosis parecida. Pero no es culpa de ellos, sino mía. Yo los elegí para seguirlos y con patatas me los tendré que comer hasta que decida dejar de jugar a ser políticamente correcto para pasar a ser sencillamente yo.