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Líbreme Dios de aparecer aquí como alguien dispuesto a defender a los Pujol, pero es que uno no puede más que poner negro sobre blanco lo que a su parecer  es una distorsión caciquista de la realidad. Una distorsión de la que suelen aprovecharse en su mayor parte los medios de comunicación sensacionalistas como el 20 minutos, capaces de publicar en grandes letras que "Oleguer Pujol golpea a una reportera al salir de casa", como si el mismísimo hijo independentista del hasta hace poco sacro santo movimiento Catalanista se hubiese bajado del coche, encarado con la reportera, y metido dos 'yoyas' en toda la boca. Lo adjuntan con un vídeo que en teoría demuestra la mala saña del 'hijísimo', y en el que tan solo se oye un 'clok' bajo, casi inaudible, que tienen que repetir en varias ocasiones para que sea apreciable al oído.

Y uno mirando las imágenes, viendo cómo el hijo de Pujol intenta hacer la maniobra para salir del garaje de su casa marcha atrás, y cómo la reportera se aposta en su ventanilla, cámara al hombro, sin siquiera entender que el coche está en movimiento, su conductor pendiente de los laterales, el culo y el morro de su vehículo, tiene la sensación de que puede que la reportera buscara unas imágenes sí, pero también pareciere que buscase el golpe para tener una noticia también sensacionalista y además seguramente aprovechable por el corporativismo vomitivo del que hace gala el periodismo de hoy en día.

Yo, personalemente, creo que en estas ocasiones habría que denunciar al denunciante y además a los palmeros que tras él se apostan reclamando no se sabe muy bien qué. ¿Quieren una causa por la que la política en este país se encuentra tan emponzoñada? Pues tienen en este tipo de periodismo a una de ellas. Por supuesto que también están la corrupción y la mentira, pero si se adereza con periodismo basura el resultado que sale es lo que hoy en día nos tragamos en este puto país de mierda.


La ficción, por decirlo de una forma suave, con la que ayer nos deleitó el amigo Jordi ha causado estragos entre la fauna opinadora del país. Ayer se demostró que hay dos tipos de personas, las crédulas y las menos crédulas. Las primeras, las crédulas, descubrieron precipitadamente el lugar exacto en donde se encontraba el botón de borrar de su twitter.  Para desgracia de algunos, como Beatriz Talegón, no lo suficientemente rápido. Para las segundas, las menos crédulas, fue un shock que acabó en delirio humorístico mientras se deleitaban observando las 'marcha atrás' forzadas por los acontecimientos que protagonizaron las primeras. Incluso que experimentaron la vergüenza ajena al comprobar cómo gente formada y supuestamente informada se deslizaba sobre una ola ficticia sin darse cuenta del talegazo (pongo el paréntesis para acentuar el guiño humorístico jejeje) que se iban a pegan en unos instantes.

También ha demostrado la Operación Palace de Jordi algo que a mi me entristece sobremanera; la facilidad con la que una inmensa mayoría de ciudadanos somos capaces de interiorizar una fantasía cualquiera si se hace de la forma adecuada. Jordi tenía la certeza de que su prestigio le bastaría para urdir el plan. Aún así, decidió sumar a la pantomima una cantidad, quedemos en que cuanto menos sospechosa, de periodistas que estarían al tanto del circo del 23F y por consiguiente del que se iba a montar ayer por la noche y que permanecieron sorprendentemente discretos hasta el mismo fin del falso documental. Sin decir ni pío, nunca mejor dicho. Y ahí está lo peligroso; periodistas que permiten que una mentira sacuda una sociedad entera, y que viéndolo en directo a través de las redes sociales, permanecen en silencio mientras disfrutan del placer que parece les debió provocar la traca final del reconocimiento de la mentira.

Otra cosa que ha demostrado el documental es que más información, más interconectividad, o más globalización informativa, no son sinónimos de calidad en la información. Menos cuando ésta necesita del artificio del hagstag para canalizar la opinión, la ira, o el aleccionamiento que el arte de opinar suelen generar en los consumidores de dicha modalidad del periodismo.

Ayer Jordi nos trolleo a todos. A unos más que a otros. Pero por encima de todas las cosas, nos demostró que muchos de los que están abonados a las tertulias, no saben más que el resto de los mortales acerca de las cosas sobre las que día a día sientan cátedra. Ayer historiadores, periodistas y políticos, reputados todos, convirtieron un fake de Évole en trending topic y exclamaron a los cuatro vientos que era verdad lo que sencillamente Jordi se había inventado la mañana anterior. No les hicieron falta datos ni documentación al respecto, lo decía Jordi y por tanto era verdad.

Solo por eso, por lograr desenmascarar a todos esos chupópteros, tengo que felicitar a Jordi Évole . Sólo por eso, a mi humilde entender, queda justificado el falso documental.
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#Periodismo largo y explicativo

En los tiempos que corren es normal sentirse engañado. La paupérrima economía que nos hostiga es la culpable. Las noticias que nos despiertan a diario también. Y, duele decirlo, quienes se encargan de informarnos han acabado por convertirse en parte del problema. Y es que la vieja esperanza que deparaba un futuro de libertad con la llegada de internet se ha ido al traste con el desembarco de los periodistas más punteros en el circo del 'a ver quien la tiene más larga' que tejen las redes sociales.

Cada vez admiro más a los periodistas que reniegan de internet. Ellos al menos no sucumben al pecado de la velocidad, cuando de contar cosas se trata, ni recortan la prosa, antaño necesaria para contar un suceso, ni compiten con pajaritos azules dejando los detalles para otros y escribiendo con punta gorda lo que en otros tiempos hubiere necesitado de una muy fina que se perdiera entre los recovecos más recónditos de lo que hoy no pasa por más que un simple titular.

Es como si el periodismo hubiese perdido la batalla de los artículos largos, farragosos y eternos, que con los años adquirían el poso de las historias bien contadas, las exposiciones de los hechos bien estructuradas, y la ausencia de sensacionalismos sentenciadas. Las antípodas de lo que hoy podemos encontrarnos por ahí.  Un periodismo explicativo que huía del sensacionalismo, del mensaje relámpago, y apostaba por el conocimiento en lugar de la visceralidad.

Jot Down sería un ejemplo de lo que hecho de menos...
Siempre hay un punto de inflexión en el que cualquiera es capaz de cambiar su forma de pensar. Un punto en el que sin necesidad de traicionar todo cuanto defendió, abraza la posibilidad de un cambio de opinión. Un momento en el que lícitamente puede renegar de lo dicho y apuntarse a otro carro sin que ello reduzca en manera alguna su credibilidad o capacidad de raciocinio. Lo complicado, en todo caso, es llegar a reconocer ese punto.

Ese punto de inflexión es importante. Mucho más si tenemos en cuenta que la mayoría de la información que hoy consume el usuario medio está compuesta cuasi exclusivamente por opinión, subjetivismo y pancartería. Por tanto, la necesidad que tenemos de reconocer ese momento en el que las cosas ya no son como hacía unos instantes, adquiere una importancia inusitada. Es básica para poder decidir qué periodista se empecina en remar contra corriente y cual no lo hace. Y es que, ya que nos tenemos que fiar de la opinión para mantenernos informados, más nos vale aprender a diferenciar entre periodistas que leen lo que ocurre en el mundo y los que sencillamente cuentan cómo les gustaría que estuviera el mundo.

Es triste ver como quienes nos deberían informar no son capaces de reconocer ese momento. 


Lo malo, lo que retrata a la perfección el periodismo que tenemos, lo que es triste hasta la saciedad, es que este hombre sea el único con el valor para preguntarlo. Los otros. Esos que ahora se enorgullecen de él y que exigen llamarse, como él, periodistas, no fueron capaces siquiera de alzar la voz para protestar por la prohibición de hacer preguntas. Y eso que con Rajoy y Rubalcaba se envalentonan iniciando campañas propagandísticas de esas tales como #sinpreguntasnohaycobertura. Pues bien, los etarras tampoco iban a aceptar preguntas...¿qué coño hacían ustedes allí entonces? Habría que comenzar una iniciativa ciudadana que dijera #SinPeriodistasPancarterosTendríamosMejorDemocracia. Lo malo es que está tan podrida la profesión de periodismo que si lo hiciéramos y lo consiguiéramos, nos quedaríamos solos.
Supongo que la última entrada de un blog para celebrar el fin año debería tener al menos la pretensión de ofrecer algo que fuere lo más parecido a la esperanza que el autor pudiere ofrecer. Una especie de oda al buenismo que reflejara un sentimiento interiorizado de confianza en un futuro próximo que rebajara en lo posible las penas que el anterior nos dejara. Y una confianza ciega en un poder político que acabara por resolver las desgracias de las que estamos rodeados. Lamentablemente por aquí nada de eso se cumple. Una pena.

Puestos a escribir un último post, creo que deberíamos hacerlo a modo de carta de los reyes magos. Ya saben, una carta en la que detalláramos a nuestros políticos unas pocas de las cosas que esperaríamos de ellos para el próximo año, si no fuera porque definitivamente han abandonado el trono de la confianza en el que los teníamos a buen recaudo, para pasar a engordar el de las preocupaciones. Pero lo que son  las cosas, uno no se siente con fuerzas de comenzar un post de esos. Sabe servidor que es una labor abocada a la pérdida de tiempo. Y por ende a la desesperanza. Otra pena.

Descartando noticias uno podría decidir escribir sobre algo que hubiere ocurrido estos días, pero pensándolo un poco, cualquier cosa que se escriba a estas horas que no tenga que ver con las felicitaciones y los propósitos para año nuevo suele quedar descolocado para quienes a estas horas aún andan perdiendo el tiempo leyendo blogs. Más pena, porque la única pena que supera a la de un lector de blogs de opinión en la tarde de noche vieja es la otro que se dedica a escribirlos. Pena al cuadrado.

Así, creo que lo mejor que puedo escribir para terminar el año es un 'feliz año nuevo' sincero, optimista y cordial. Lo demás, lo de los propósitos y las buenas nuevas, se lo dejo a ustedes. Yo por mi parte haré lo que, al fin y al cabo, creo que me hará más feliz; abrazarme a mi esposa e hijo, disfrutar con los amigos de las uvas a media noche y desear de todo corazón que, esta vez sí, lo peor haya pasado.

Pd para políticos y periodistas pancarteros claramente definidos en una posición política cualquiera: Que os follen! Lo siento, pero no me pude contener más. Será culpa de la bilis que con tanto ahínco se empeñan en hacernos beber a diario ambos dos grupos de alimañas.  Una última pena, esta vez al cubo.
Llegados los últimos estertores del año se pueden dar por cumplidos los balances de los balances de estas fechas. Ya no hacen falta más resúmenes que sinteticen lo acaecido en el año que estamos próximos a despedir. Lo dicho dicho está y de poco sirve volver a repetirlo. Pero queda una pregunta por resolver y que nadie responde; si ninguno de los que tenemos nos valen para gobernar, ¿quién debería hacerlo? Personalmente pienso en los chinos. Tienen todo lo malo concentrado en su propia forma de estado; dictadura y marxismo, abonado con un poco de capitalismo beligerante. Si uno se para a pensarlo detenidamente tampoco esa es una solución. No poder elegir y equivocarse no es una solución válida democráticamente hablando. Pero tampoco lo es estar obligado a elegir entre malo y peor. Supongo que nos deberíamos haber quedado en aquello de 'cazadores-recolectores'. Vivíamos menos, sí, pero cada uno comía de lo que 'cazaba-recolectaba'.

Ah! Y no existían los políticos ni los periodistas, que es un punto extra más para añorar aquellos tiempos...
Quisiera que me explicaran cómo puede ser tan complicado convertirse en político y seguir siendo un ser humano normal. Cómo se puede llegar al punto de incluso cambiar convicciones personales por otras asumidas o inspiradas por terceros, o en el caso de los políticos, convenciones políticas ideadas para la homogeneización confesional de los militantes. Cómo se puede aceptar sin remilgos eso y seguir pudiéndose mirar uno a la cara frente al espejo. En ambos casos, izquierdas y derechas, se practica el 'si te mueves no sales en la foto'. Los de hoy han fallado, pero los de ayer sólo fueron conscientes de hasta donde metieron la gamba cuando ya no había remedio.

¿Tan complicado era matizar la ley del aborto para hacerla mejor? Ministro, usted tan solo debía modificar un par de sencillas cosas; aquello de que una niña no debiera comunicar a sus padres que iba a abortar y lo referente a la necesidad de la receta médica para la dispensación de la píldora del día después. Dos sencillas cuestiones que no hubieren supuesto poner en el disparadero a una sociedad, la Española, que bastante tiene ya con aguantarles a ustedes, derechas e izquierdas, a diario con sus sermones, sus salva-patrias en formato panfletero, y sus sí pero no y ahora es menos de lo que llegó a ser aún cuando se aseguró que no sería nada. Que esa es otra. Primero nos dicen que la luz no subirá. Luego se nos atragantan las gambas con un 11%. Y ahora se nos dan palmaditas en la espalda con un 'será sólo el 2'3%'. 

Hay que ser hijos de puta, malnacidos y rastreros para tomar el pelo a la ciudadanía de esa manera. Y me contengo y no hablo de esos pseudoperiodistas que llevan desde antes de que ganara el PP las elecciones profetizando el fin del mundo. Periodismo y política. Tal vez los dos oficios más tóxicos para la sociedad civil en estos días.
Imagen de ElDiario.es
Desde que el gobierno Valenciano adoptara la drástica medida de cerrar el canal autonómico, sus antiguos periodistas se han prodigado en la denuncia de lo que hasta minutos antes de hacerse pública dicha decisión se encargaron de encubrir; el choriceo, el mangoneo y la corrupción en su vertiente más tosca, arrabalera, burda, cerril, palurda, grosera, prosaica, zafia y vulgar. Han recordado de golpe y no sin antes perder su tan querida nómina, aquel código deontológico que, al igual que el valor a los soldados, se les suponía a los periodistas. Claro, si aún se les puede seguir llamando periodistas.
El caso es que desde hace unas semanas los periodistas de RTVV han pasado de ser consumadamente conservadores, algunos dirían que incluso ultraderechistas, ha convertirse en implacables altavoces contra la corrupción, la irrelevancia de la Comunidad Valenciana en el exterior, y la defensa de un idioma como el Valenciano que en sus bocas, en la humilde opinión de un servidor habitante de La Ribera de Xuquer, siempre le pareció impostado, artificial y retocado hasta el punto de llegar a no ser ni Catalán ni Valenciano. Es más, como máxima para acercar a los ciudadanos a sus posturas, se ha llegado incluso a esgrimir un provinciano, pueblerino y paleto argumento que han sido capaces de sintetizar en una simplona pregunta retórica ¿quién retransmitirá las fiestas de vuestro pueblo sin RTVV?

Lo cierto es que la lucha que mantienen tanto ellos como la oposición impide que vean el creciente sentir que a su alrededor comienza a germinar y que lejos de acompañarlos opta por un punto y aparte abrupto que eliminaría de facto casi todas las televisiones autonómicas. Incluso la oposición, en otro claro ejemplo de oportunismo político, juega sus bazas para recuperar un canal de propaganda que esta vez le sería fiel no por los dedazos para la colocación laboral, sino más bien por el deseo de venganza. Una jugada maestra.

Los Valencianos hemos sufrido de manos de nuestros políticos el saqueo, el aborregamiento y el adoctrinamiento supino de quienes, no sólo desde el poder sino también desde la oposición, nos han puesto frente a un espejo trucado de la realidad que no ha hecho más que envenenar nuestras mentes de superficialidades, pajas mentales y batallas lingüísticas. Lo han hecho juntos. Los unos y los otros. Da igual que Canal Nou tuviera más trabajadores que Tele5 Antena 3 y Cuatro juntas. Lo importante, almenos para ellos y quienes no saben más que loar a quienes les dan un trozo de teta del que mamar, es que gracias a sus 1800 trabajadores se hablaba Valenciano y se retransmitían las fiestas del pueblo. Esa es la realidad Valenciana señores. Esa es la triste y deplorable realidad.

Puede que si un día alguien decidiera darle un repaso al blog para sacar una conclusión sobre su autor, con sus palabras plasmadas por aquí como única referencia, terminara para asumir que servidor no fue más que un talibán de la crítica al periodismo. En cierto modo no iría desencaminado. Baste con leer un poco al azar para darse cuenta de que cualquier otra conclusión sería errónea. Y no es que uno naciera con semejante animadversión hacia el periodista, sino que más bien fue un truculento viaje a ninguna parte de la mano de quienes, con sus palabras y reportajes, manipularon y omitieron informaciones con el único fin de convertirse en catalizadores de opinión y creadores de tendencia electoral los que me llevaron a la situación actual.
Foto de Jot Down
Servidor se sorprende al descubrir cuan sencillo sería para sí reconciliarse con un colectivo como el periodístico si, por casualidad, todos sus representantes aceptaran sincerarse como lo hace Leila Guerreiro en una entrevista para Jot Down. Y aún así a quien aquí escribe le preocupa que incluso esa aparente sinceridad no sea más que una pose más en la estudiada presentación en sociedad de quien vive sin duda del aura de independencia que exhibe. Y ahí radica, en mi modesta opinión, la tristeza del momento crítico que padece el periodismo en la actualidad.

Si ya ni de sus confesiones personales expuestas en una entrevista nos podemos fiar...
Pareciera como si siempre hubiésemos vivido en una mentira. Pareciera como si la verdad nunca hubiere estado destinada a residir en nuestros oídos. Pareciera como si nunca hubiéremos estado informados. La opinión, siendo como fue siempre motor imprescindible para la regeneración democrática para un servidor, ha acabo por convertirse en un motivo más de distanciamiento entre ciudadanos y políticos, periodistas y medios de comunicación en general.

Si para algo han servido las nuevas tecnologías ha sido, sin duda ninguna, para destaparnos los ojos y aprender por las bravas que la imparcialidad no es más que un concepto imposible como lo es el infinito en las matemáticas. Da igual que lado del espectro político habiten los comunicadores de opinión, para ellos su lado siempre será el bueno y todos gritaran a voz en pecho en defensa de la libertad de expresión, las verdades sin cortapisas y la honradez de los comunicantes.

Es, sencillamente, el precio a pagar por vivir en la burbuja de la falsa libertad del periodista.
Cada día que pasa uno tiene más claro que si quiere mantenerse informado debe evitar a toda costa cualquier medio de comunicación. Ha llegado a tal punto la desfachatez periodística, que hasta el más pintado de los susodichos se revuelven indignados ante la sola mención de su particular sectarismo. Y es que cada día que pasa está más claro que la profesión de periodista ha tocado fondo. Ya no basta con informar. Ahora hay que tergiversar, escribir con titulares y conformar todo un conglomerado de 'hechos' que den base a una supuesta confabulación para esconder la verdad. Y lo curioso es que a este juego se le da bola desde ambos lados del espectro político-periodístico. Da igual que busquen en El Mundo, El País, La Razón, La Ser, Onda Cero, Antena Tres, Cuatro o cualquiera de las demás, más reaccionarias si cabe que les mentadas.

Hoy en día es más fiable guiarse por agencias de noticias. También recordar que en ellas aparecen políticos que hacen declaraciones, que son otro segmento poblacional empeñado en tergiversar, mentir y confabular para recabar apoyo ciudadano. Y por supuesto, cabe no olvidar que dichas agencias de noticias están compuestas por más periodistas.

Al periodismo lo ha hundido Twitter y el resto de Redes Sociales. Han sucumbido a la gloria de saberse reconocidos por desconocidos al instante. Por las mieles de los agasajos constantes de fieles seguidores, que no esperan de ellos más que el espaldarazo habitual a sus caprichosas entendederas. Han cambiado el informar por venderse como defensores de su verdad, la única verdad posible. A poco que miren ustedes en la red aparecen de estos a patadas.



Hoy @AngelCalleja me lo ha dejado, si cabe, más claro de lo que lo tenía.
Una de las cosas que más deberíamos temer los ciudadanos es la desinformación. No me refiero a aquella que consiste en saturar con datos insustanciales y debidamente interesados la información que se deja circular por la red de redes, sino más bien a aquella que sencillamente se impide que se de, esa que nuestros periodistas tan oportunamente discriminan por carecer de la relevancia debida.

Verán, hoy he leído un artículo siniestro referente a una secreta operación de limpieza nuclear en Semipalatinsk. No se preocupen, tampoco yo se situar ese nombre en el mapa. Baste, para que nos hagamos una idea de por donde van los tiros aquí, con remitirles a un par de párrafos profundamente esclarecedores del artículo antes mentado;

Entre 1949 y 1989, la Unión Soviética convirtió la región de Semipalatinsk (Kazajistán) en el mayor laboratorio de pruebas atómicas de la historia. Durante cuarenta años se detonaron hasta 465 bombas que liberaron mayores cantidades de radiactividad que el desastre de Chernóbil, dejando atroces secuelas que aún hoy son visibles en una ciudad donde la incidencia de tumores es un 30% mayor que en otras zonas del país.
Más de 20 años después de que detonaran la última bomba, ha finalizado una operación mantenida en secreto por científicos e ingenieros rusos, kazajos y americanos que han conseguido sellar y aislar este arsenal radiactivo de 200 kilos de plutonio fértil que permanecía desprotegido y sin vigilancia desde que los rusos lo abandonaron tras la caída de la URSS.

El artículo en cuestión viene acompañado por un informe del Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard, en el que se ofrece una detallada descripción de los pasos seguidos para el sellado de dicho emplazamiento nuclear. Curiosamente ningún medio de comunicación ha prestado la menor atención a dicha operación, y sí a la del escape de agua radiactiva de Fukushima.

El 26 de de Abril de 1986 se produjo el accidente nuclear de Chernóbil. Junto a éste se ha situado en la escala internacional de accidentes nucleares al desastre de Fukushima. Los dos innegables. Los dos sucedidos a la vista de todos. Incuestionables y difíciles de ocultar. Sin embargo, otras posibles calamidades como la antes descrita nos dejan, al menos a quienes no dudamos en cuestionar lo que se nos cuenta, la sensación de saber que sólo conocemos la parte de la verdad que los gobiernos creen que son capaces de controlar.

¿Periodismo? No, no creo que lo que leemos, vemos y escuchamos sea digno de ser llamado periodismo.
Hay dos formas de escribir. Dos formas de ver el mundo, de contarlo y de explicárselo a quienes no tienen más opción que convertirse en escuchantes que asimilan la información que les llega. Dos formas que mantienen una lucha diaria por encandilar a los lectores, arrastrarlos hacia sí y someterlos a sus creencias, divagaciones y certezas. Y en medio de ellas dos está la hilarante sucesión de hechos que hace imposible descubrir cual de las tres verdades que coexisten al mismo tiempo es la verdad verdadera. Dos mundos obsesionados con hacer saber a los ciudadanos que la suya es la buena y la otra está sumida en la tergiversación, la mentira y la omisión deliberada de datos que la contradigan.

Una tiende al insulto, el desprecio y la simplificación. Busca el tremendismo, la urgencia, el escándalo. Atiza las cenizas en busca del incendio perdido. Busca errores en el contrario y los amplifica. Tergiversa datos, enciende ventiladores y pretende hacer partícipes al resto de ciudadanos de lo que sencillamente no es más que una posición impuesta, desde cualquier aparato político, para convertirla en altavoz de sus designios. Lo explica muy bien Javier en su post.

La otra, sencillamente, cuenta lo que cree que debe contar, describe lo que entiende que ve y huye de resúmenes interesados y simplificaciones que alteren la realidad. La una escribe desde la víscera, el rencor, o el complejo de perdedor que la hace culpar al mundo de su desdicha. En cambio la otra se cuestiona multitud de temas sin atender a esquinas preconcebidas, no juzga gratuitamente al mensajero y alza la vista en busca de una verdad que sencillamente no existe como tal.

Encontrar estas dos verdades inmersas en el lector de feeds propio es hasta cierto punto contrapoducente. Y aún así a servidor le parece necesario mantenerlas para afianzar su juicio a la hora de valorar lo que cualquiera decide escribir.

Lo de Siria no es sencillo de digerir para nadie. Es complicado decidirse por un bando cuando lo que uno atisba no es una guerra entre víctimas y verdugos, por muchas armas químicas que se lancen unos a otros, sino más bien entre partidarios de dictaduras militares y Yihadistas amantes del Islamismo radical. Así de sencillo. La muestra de Egipto con sus Hermanos Musulmanes y los militares salva-patrias es esclarecedora y perturbadoramente premonitoria.  Aún así la comunidad internacional necesita ofrecerse a sí misma una imagen de mano dura en defensa de los derechos humanos, que puede dar lugar al nacimiento de una nueva Irán. Objetivo último que no era sino la estación de llegada del tren que los Hermanos musulmanes habían puesto en marcha para la hasta ayer dictadura militar de Mubarak. Es así de sencillo y complicado a la vez.

No hay buenos y malos en los conflictos que han deparado las primaveras árabes, sino más bien ciudadanos que viven en la amenaza diaria, con índices de escolaridad tercermundistas, y en sociedades que no distinguen entre política y religión. Sociedades y ciudadanos que viven sometidos a creencias religiosas de puertas para adentro. Ciudadanos que disfrutan de la libertad religiosa en las calles a punta de pistola. De nuevo Egipto con Mubarak y Siria con Bashar Al-Asad son dos muestras fidedignas de esto último. Y así las cosas, ¿Cómo pretenden que un sencillo ciudadano como yo me decida por uno u otro bando?

Ni yo ni ninguno de los que se prestan a pregonar las soflamas a favor de una u otra postura, podemos hacernos idea alguna de lo que los ciudadanos de esos países quieren para sí mismos. Digo más, ni siquiera se si ellos con sus votos son capaces de elegir lo que es verdaderamente bueno para ellos y sus familias. Tristemente Egipto vuelve a mostrarse como una prueba de ello. Y más aún, no podemos esperar que en países en donde el retraso en lo referente a los derechos humanos es tan descomunal, florezca de la noche a la mañana una democracia como la nuestra. Ni siquiera una que se parezca lejanamente a ella. Y menos aún una en la que la religión, con la que conviven a diario todos sus ciudadanos y bajo la que rigen sus míseras vidas, acabe relegada a un segundo plano y se aleje sumisa del poder establecido.

Ganen unos u otros, y eso lo saben incluso los que quieren bombardear ese país como demuestra que ni siquiera contemplen armar a los rebeldes, perderán los ciudadanos que se esconden de las balas. En países en los que el concepto de democracia se atiende sólo como vía internacionalmente aceptada para institucionalizar una Sharia medieval, los ciudadanos analfabetos a los que se les pide el voto suelen estar debidamente adiestrados en mezquitas y demás lugares de culto. Con ciudadanos que no son capaces de discernir entre religión y política una democracia no es tal. Y los mismos, aún con la libertad religiosa que les ofrece la dictadura, coexisten sumisos con la falta de derechos fundamentales.

Un ciudadano, en sus cabales, no puede estar ni con unos ni con otros. Y sin embargo, ya ven, nos piden a través de sus megáfonos a sueldo y bajo proclamas interesadas un apoyo que, si de nuestros destinos se tratara, no podríamos otorgar.

Si hay algo que necesita el periodismo como agua de Mayo es saberse reconocido socialmente como se merece. En la era de la información, esa del mal llamado periodismo ciudadano que Marcelino no acepta como denominación, la desconfianza que provocan en nosotros los perfiles sociales de los periodistas y sus indisimuladas tendencias políticas, hacen que dicho reconocimiento se torne en una desconfianza congénita que induce a la objeción de cualquier atisbo de comentario que de ellos pudiera salir.

El dospuntocerismo, la moda de la tertulia de trinchera, el tributo al culto a la personalidad en detrimento de la mera información, han llevado a la profesión del periodista a un callejón sin salida que ha acabado por simplificar el concepto periodístico hasta el punto de no poder diferenciarlo de la opinión. La unión indisoluble entre periodistas y protagonistas de la información, ha terminado dinamitando la credibilidad de los primeros y confiriendo un aura de pagadores de favores a los segundos, que como última consecuencia, ha traído la desestabilización de la cuarta pata de la democracia hasta hacerla casi caer.

Y aún así, el caso Bárcenas, el Gürtel, los ERE’s Andaluces y demás escándalos de corrupción nos llevan a los ciudadanos a la certeza de que la del periodismo, por cutre, vendida o tergiversada que nos pueda parecer, es la única vía posible que nos queda para sabernos informados.

Podremos rebatir de forma automática cualquier información que se pueda dar en función de quien sea el que la de. Pero si hay algo que estos últimos años nos deberían haber enseñado ya, es que por muy corrompida, embarrada y teledirigida que nos pueda parecer la profesión periodística, al final siempre queda demostrado que donde se intuyó el humo hubo fuego. Y a eso es a lo que deben agarrarse quienes creen de verdad en el cuarto poder de la democracia.

Desde que comenzara mi aventura bloguera he tenido la sensación de que elegía mi camino arrastrado por la marabunta que me rodeaba. Mi visión del mundo blogueril se limitó por tanto a la reducida visión de una forma de revolución ciudadana con dos enemigos concretos; los medios de comunicación alineados a partidos políticos y los propios partidos con sus descomunales aparatos. Hoy en día creo sinceramente que la batalla la hemos perdido. Los periodistas que en aquel entonces se desgañitaban lanzando pestes sobre los bloguers, hoy son reconocidos gurús mediáticos de éstos y no sólo han pasado a convertirse en referencia de la opinión en este mundillo, sino que además han encabezado la revolución dospuntocerista de la mano de Twitter.

Estos periodistas hacen de los hasgtags una herramienta desde la cual conseguir más adeptos a sus particulares visiones de la opinión, convencen y transforman a sus oyentes, televidentes y lectores en voceros desinteresados de unos mensajes que les han sido dictados a la luz de una vela en un cuarto oscuro cualquiera de la tercera planta de la casa política a la que pertenecen y han logrado convertir lo que bien podría haber supuesto el fin de la mentira en la que vivimos en nada menos que su más garante seguro de vida.

Desde hace meses me cuesta un trabajo insufrible ponerme a expresar mis opiniones por aquí. Cada vez que alguien decide responder a una de mis opiniones con una retahíla de mensajes pre-aprendidos me convenzo un poco más de que es inútil perseverar en la obcecación. La mayoría dice leer varios periódicos al día. Yo no lo creo. No se puede leer El Mundo, El País, La Razón, Público o el ABC en un día y después mantener el dedo acusador en una misma dirección de forma inalterable. Es imposible que alguien que lea al menos dos de estos periódicos pueda mantenerse seguro de nada cuanto crea  que ha aprendido leyéndolos. Es utópico que el dedo permanezca perennemente acusador en una misma dirección sin que la sombra de la duda haga acto de presencia en el subconsciente de cualquiera que adopte la estrafalaria determinación de traicionar a su línea editorial con la contraria. La duda debería ser buena, sana, necesaria, y sin embargo para la mayoría supone más debilidad que inteligencia. Hasta ahí nos ha llegado la mierda.

Decía Alfred Marshall que toda frase breve acerca de la economía es intrínsecamente falsa. Yo lo creo. Cualquier frase que reduzca su tamaño para intentar ser comprendida pierde muchos de los matices que le dan forma. La economía, la política, la opinión, no se pueden contar con frases cortas que desvirtúen su significado. Han de ser largas, avezadas en su explayado, simples en su conjunción. Pero no cortas. Tal vez por eso en un principio no me gustó la herramienta del pajarito. Era demasiado evidente que la tendencia de los blogs hacia Twitter desvirtuaría su contenido hasta reducirlo a los ciento cuarenta caracteres que nunca han alcanzado para resumir más que el sonido de una ventosidad salida de las nalgas. Y la evolución de este mundillo del que me reconozco desengañado ha derivado en un silencio sepulcral en uno de sus pilares para pasar a convertirse en un sencillo escaparate de titulares al que rara vez le sigue la lectura de un artículo. El silencio de los blogs se ha convertido en un ruido estruendoso en la relampagueantes manos de twitter y demás redes sociales.

Ya no hay conversación, tan solo eco. Y el eco, como los mensajes pre-aprendidos , no es más que otro de los ruidos que debemos rehuir para conseguir permanecer informados de forma veraz y efectiva.

¿Saben? Siempre se ha dado por sentado que en el centro político reside la virtud ciudadana. Ese lugar que de forma indiscutible hemos designado como residencia natural de los demócratas. Lo complicado está no tanto en alinearse en torno a él, eso es sencillo, sino más bien en encontrarlo informativamente hablando. Ya saben, no es lo mismo declararse de centro que informarse tomando como sino dicho lugar, entre otras cosas porque como tal, dicha residencia no existe en el espectro informativo.

Uno puede rebanarse los sesos buscando un medio que se establezca claramente en el centro durante años y acabar declarando que dicho centro no es más que una utopía más de las muchas que pueblan el imaginario ciudadano. Encontrarlo, descubrirlo, atisbarlo si quiera, es un imposible semejante al de vislumbrar la nitidez de una imagen tomada por una cámara desenfocada. Seremos capaces de adivinar algunas líneas maestras que nos ofrezcan una imagen borrosa, pero nunca alcanzaremos a disfrutar de la fotografía en todo su esplendor.

El centro político es como aquel último bocado del bocadillo que da sentido al resto ya ingerido, que queda sumergido accidentalmente en un charco de agua derramada de un vaso volcado por error sobre el plato en el que reposaba. Un suculento bocado de imposible disfrute que nos deja la terrible sensación de no haber podido culminar con el orgasmo onanístico del crujir del pan en el último mordisco. Un robo en toda regla que nos aparta del delicioso clímax papilo-gustativo que da sentido al rito de la comida.

El centro político informativamente es un mito, una leyenda urbana que todos nos encargamos de alimentar con la vana pretensión de descubrirlo accidentalmente. No es necesario perder más tiempo en ello que el necesario para cerciorarse de que nos es imposible dar con él sin ayuda. Otra cosa es a quién le pidamos la ayuda para ese menester…

El mundo entero está para mear y no echar gota. Lo dicen las encuestas que estos días publican religiosamente los periódicos, las manifestaciones que día tras día toman las calles nuestras ciudades y la larga columna de ciudadanos en paro que atiborran las oficinas del INEM. También las valoraciones de los políticos o las instituciones y la poca fe que la ciudadanía alberga ya en ellos. Da igual el color de la chaqueta que uno vista, el rechazo es insultantemente notable. El repudio, incontestable.

A todo esto hemos de añadir el factor “opinión 2.0”, que es, como bien explica el amigo Joan Boronat en su blog, nuestra conversión a tertulianos dospuntoceristas que podría resumirse perfectamente en este párrafo que a continuación transcribo:

Las redes sociales nos han convertido en una especie de 'improvisados tertulianos'... Sí, esos personajes que saben de todo -en apariencia-, y que por una inyección de ego son capaces de dilapidar de un plumazo la reputación de quien se les ponga a tiro.

Los ciudadanos de a pie hemos perdido la perspectiva a la hora de escribir en nuestros blogs. Nos hemos creído periodistas, y hemos realizado análisis pseudocientíficos basando nuestros trabajos en resultados nacidos de defectuosas búsquedas en internet. Nos alineamos en función del hasgtag que ese día esté de moda (lo contaba Marcelino perfectamente bien aquel día en relación a los estorninos del Intermedio), nos mofamos de quienes osen pensar diferente, nos convertimos en palmeros cuando creímos ser voz de un pueblo. Un pueblo que, todo hay que decirlo, no está en internet, sino en las barras del bar.

También ahí han perdido los papeles los periodistas. Hoy es más fácil que nunca hacer un programa de radio o televisión. Basta con crear un hasgtag para creerse que el mundo habla de lo que tú. Me pregunto en cuántas de esas tertulias de barra habrá un ciudadano con el móvil en la mano. Hoy he presenciado cómo en el programa de la Campos, en pleno zapping, se congratulaban de ser tranding topic mundial. Será porque los estarán poniendo a parir he pensado, pero al momento el público ha roto en aplausos y allí se ha producido un espectáculo onanista sin  precedentes que a servidor lo ha dejado estupefacto.

Es curioso, he meditado, los ciudadanos creímos que opinar era sencillo y acabamos devaluando la profesión de tertuliano con nuestro intrusismo analfabeto. Los periodistas, por contra, decidieron hacerse interactivos y fabricar sus programas en función de lo que los hasgtags cuentan, y han acabado por devaluarse a sí mismos sin saberlo. Ni nosotros somos ya voz, ni ellos portavoces de realidad. Vivimos en la nube y en las nubes nos encontramos. Escribimos en el aire y en el aire quedan las reacciones. Los que no tienen internet han quedado relegados a la nada absoluta. Son el cero a la izquierda de la opinión ciudadana. Al menos hasta el día de los sufragios. Allí internet es menos que cero, menos uno.

Internet, o mejor dicho las redes sociales, se lo han cargado todo. ¿O a caso no habremos sido nosotros? Recuerdo al magistral Marcelino Madrigal en estos momentos repitiéndome al oído su mantra personal referente a las redes sociales; “el problema no son las herramientas, sino cómo decidimos nosotros utilizarlas”. Debemos recordarlo.

Cuando consigo atender a este blog desde la distancia, comprendo sorprendido los reparos de la gente hacia las opiniones de un tipo como servidor de ustedes. Ya saben. Un tipo dispuesto a cuestionarse a sí mismo hasta la saciedad, el aburrimiento y la petulancia. Abierto a escuchar pero sin aceptar imposiciones. Cansado de que le vendan verdades. Asqueado de quienes dicen hablar en nombre de la democracia. Impotente ante quienes en nombre de ella vociferan barbaridades. Y lo hago porque cuando me veo en el contexto en el que vivo, un camionero Español, se me escapa el motivo que pueda existir para que un tipo con la EGB como máximo título educativo se decida a escribir en un blog sobre política, periodismo y dospuntocerismo (antaño hubiese dicho blogosfera jejeje).

Verán, visto desde la barrera, tampoco yo alcanzo a ver la necesidad de dicho acto. Expresar opiniones es complicado y más que amigos uno gana enemigos. Además uno corre el peligro de caer muy rápidamente en la patanería, la simpleza y la ignorancia. Vamos que puede uno abrazarse sin darse cuenta a la vergüenza ajena que otros puedan sentir por su culpa. Pero cuando uno se reúne de nuevo con su ‘yo’ bloguer, mira el periodismo que lo rodea y atiende a la ingente cantidad de información que cualquiera hoy puede consultar, comprende que es que tal vez una profesión como la periodística haya acabado cometiendo el error de creer que tenía su posición predominante asegurada de por vida.

Cuando uno se dispone a leer varios periódicos y sin llegar a entrever sus cabeceras ya puede deducir de qué hablará cada uno de ellos basándose en su línea ideológica, comprende el porqué tanta gente diferente ha sentido la necesidad de escribir sus opiniones para que cualquiera las pueda conocer. Cuando los periódicos dejan de informar, se convierten en lavadoras de cerebros en crisis y miran con desprecio al dospuntocerismo al cual culpan de su decadencia e inviabilidad, el periodismo con mayúsculas pasa a agonizar en las redacciones y los arietes periodísticos de los aparatos políticos se agencian los puestos clave con los que dirigir a sus lacayos. Uno comprende entonces porqué opinar ha pasado a ser tan barato. Tanto que incluso quienes ni carrera de periodismo tienen se atreven a aventurarse en ese complicado mundo.

Nadie debería sentir necesidad alguna de convertirse en intrusista de nadie, pero aquí estamos. Menos, sin cobrar un duro y costándole dinero. Algo hay que hacen muy mal señores periodistas. Y ese algo lo atisbo desde aquí, la sencilla colina de un graduado en EGB, que mira a la profesión de la que le hubiese gustado formar parte decaer sin remedio. Me extraña que no lo alcancen a ver desde su atalaya ustedes que son licenciados.