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Uno siempre creyó que un silencio decía mucho de su dueño. Normalmente esta percepción en contadas ocasiones era negativa para el inquirido, pero de un tiempo a esta parte, al menos en el terreno político, el abuso de esa virtud ha traído consecuencias contraproducentes para quien ostentando el poder, ha decidido dar la callada por respuesta durante toda su legislatura. Sí, es cierto que en estos últimos meses, no sólo el presidente, también todos sus ministros, se han animado a salir a la calle para acometer la difícil tarea de explicar sus acciones.

Pero las legislaturas duran cuatro años y esa parcela de tiempo es eterna cuando de mirar un plasma se trata. Y claro, es complicado borrar de la retina de la ciudadanía la imagen de un presidente desaparecido, con horchata en las venas, dedicado más a dejar pasar el tiempo que a solucionar los problemas que como setas han ido creciendo alrededor del tronco de su mandato. Y esas setas no eran precisamente recortes, crisis y demás zarandajas. Su talón de Aquiles ha sido la corrupción. Los silencios ante ella. Los falsos desmentidos, sus recovecos, las indemnizaciones en diferido.

Si el día en que Aznar encontró el hueso de la corrupción en el cadáver político de Felipe, hubiese creído que sus andanadas acabarían cayendo en saco roto, como así ha creído equivocadamente en este caso Rajoy, Jose Mari nunca hubiese llegado al poder para debacle socialista. Y esa lección, la de que la pasividad ante la corrupción se paga muy cara, ha sido un enorme 'debe' que lastra todo el inconmensurable trabajo que durante estos cuatro años ha realizado la administración de Mariano.

Un presidente dedicado ha hacer de Gallego cuando se le interpela, que se mantiene obcecado en el error de pensar que la vieja estrategia del avestruz le permitirá no salir quemado por sobreexposición pública, y que atiende a los medios desde la habitación de al lado, como temiendo que algún flash de cámara le deslumbre lo justo para que en el papel del día siguiente aparezca una mueca semi-humana como único mensaje real de su discurso. son, han sido y serán siempre un motivo más que justificado para que cualquiera con dos dedos de frente se replantee el voto llegado el momento decisivo del sufragio.

Señor Rajoy, si pierde las elecciones, recuerde; la culpa no la tuvo la crisis, ni los recortes, ni siquiera los partidos emergentes. La culpa fue suya. La culpa se llamaba silencio administrativo.

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Y si Susana...?

¿Y si lo de Susana no fuera más que una jugada maestra para alejar y erosionar a fuerzas emergentes como Ciudadanos y Podemos de las instituciones por la vía del desgaste que se evidencia a la hora de aplicarse en la política real?¿Y si Susana hubiese sido la única capaz de atisbar que, mientras dichos partidos no se vieran en la tesitura de bregar sobre el albero de la plaza, nunca sentirían la presión de un pueblo que no podía, hasta hoy, más que corear al unísono sus pegadizos eslóganes?

Mucho se ha dicho del PSOE y Susana estos días. Yo sigo creyendo que los políticos de verdad no dan puntada sin hilo.
Hoy me desayuno con un nuevo término peyorativo, "social-liberalismo", destinado a quienes no comulgan con la visión que tienen algunos en el seno socialista, ya no del modelo territorial en que vivimos, cosa que comparto, sino del propio modelo de estado, y más aún, de la propia definición de socialismo. Sorprendentemente, más allá de indignarme he de reconocer que coincido en la mayoría de las cuestiones que esta mujer plantea. Aunque no en el cómo las resuelve claro.
Ana Barba, Primera secretaria de Alternativa Socialista,
co-responsable de las áreas de Mujer, Medio Ambiente y Ciencia.
Ella exige una república. Yo lo secundo. Así es, yo siempre fui más Juancarlista que monárquico. Pero si bien ella va en el camino de una república fereral, yo en cambio abogo más por una república a la francesa, centralizada, que otorgue al gobierno votado por todos los Españoles de todo el poder constitucional para exigir que todos y cada uno de los ciudadanos sea igual sin posibilidad de discriminación en cualquier rincón de España.

Es una diferencia ésta sustancial que ella no aborda. Pide poder votar una república ignorando que tal vez ahora quienes votaran no sólo quisieran hacerlo sobre el techo del poder, la forma de estado, sino también sobre los escalones intermedios, las autonomías. No es lo mismo una república a la Americana que una a la Francesa. Y sobre eso, y los sobre-costes que el autonomismo tiene sobre los bolsillos de los ciudadanos, también habría que decir algo. 

Pero claro, hay políticos que hacen de la nomenglatura misma un discurso, olvidando que el nombre no es la solución, y sí su forma. Y ataca así el periodo constituyente de nuestro país, olvidando que si bien es cierto que ninguna Constitución debe ser inamovible, también lo debe ser que su modificación eswté garantizada por un amplio consenso.

Hoy Ana Barba se luce en el diario Público. Y lo hace repartiendo a diestro y siniestro, como si fuese una infiltrada de Podemos en el partido Socialista, arremetiendo contra lo que sus propios compañeros deciden ser en votación democrática y acuñando nuevas etiquetas que acompañen al tan mentado neo-liberalismo tradicional de la derecha.

Yo soy partidario de un cambio. Pero se que vivo en una democracia y por eso acepto lo que los demás han decidido votar. Me hace eso menos demócrata que a los demás. Yo creo que no, entre otras cosas porque estando en desacuerdo con la forma de estado, no gasto mis energías enervando a mis conciudadanos para que sientan asco del país en el que viven.

Se lo deberían mirar en el partido socialista. Una cosa es estar en desacuerdo con la políticas de un gobierno democrático, y otra cargar contra el pasado inmediato de toda una nación en un intento de destruir cualquier legitimación democrática que pudieran tener las últimas elecciones legislativas.
París y Berlín, o lo que es lo mismo, Francia y Alemania, han dado un paso más en la inevitable cohesión Europea al anunciar, que de hoy en adelante, sus embajadas podrán representarse mutuamente en algunas cuestiones de carácter internacional cuyo interés mutuo quede acreditado. Eso, que pudiera parecer nimio, es a mi entender un paso de gigante de integración política que va más allá de lo que pudiera representar una unión bancaria europea al uso, como la que desde hace unos años se demanda desde los sectores más críticos a los recortes de gobiernos y administraciones, ya que si bien ésta última trataría tan solo problemas económicos, la decisión de los gobiernos Francés y Alemán camina en la verdadera dirección de una unión política europea real y efectiva.

Una unión política europea atajaría eficazmente problemas como el Catalán, cuya ciudadanía, puesta ante la disyuntiva de ser europea o catalana, debería repensarse aquello de ser diferente para todo y quedar fuera de una Unión Eropea, dentro de cuyas fronteras serían absurdos los nacionalismos ya que serían cosa de pasado, o admitir que el tiempo de la diferenciación absurda e inventada ha terminado.

Por mi, yo preferiría que persistieran en su obcecación. Nunca me gustaron los que sólo buscaron diferencias para permitirse poder mirarte por encima del hombro. Y en eso, los Catalanes, son los maestros del mundo mundial.
Lo que le ha pasado a Podemos en Llaurí con su representante es normal. Nadie debiera aceptar apoyar a otro por un discurso bonito predicado en el momento preciso. Y menos aceptar que cualquiera que se presente como candidato a representante es válido sin siquiera conocerlo. Es verdad que el oscurantismo que caracteriza a los partidos tradicionales puede y debe provocar rechazo en quienes creemos en una democracia directa, pero también lo es que ese mismo encorsetamiento al que se someten ellos mismos puede protegerlos de espectáculos ridículos como el que la formación de Pablo Iglesias ha protagonizado en Llaurí.

Tiene razón el equipo actual de Podemos cuando se niega a que en la ejecutiva aparezcan miembros designados por sorteo. La misma elección de los simpatizantes de Llaurí anula una de las pretensiones estrella de los partidarios de Echenique.
Al final va a ser cierto lo que siempre supusimos. Vivimos en democracia. Aunque la mayor parte del tiempo nos veamos arrastrados por la vehemencia de quienes hastiados de no conseguir el modelo de país que sueñan, se empeñan en desvirtuar el pequeño tesoro que tenemos proclamando que existimos en una especie de segunda parte de la dictadura franquista. Incluso quienes se empeñan en poner el acento en aquello de que PP y PSOE son la misma cosa, y que con esas siempre han mandado los mismos en los cuarenta años de democracia que llevamos, quedan desacreditados al observar unos resultados electorales que por primera vez han propuesto una foto fija que acaba con el bipartidismo. Y eso sin que haya mediado revolución bolivariana alguna de por medio. Un cambio impulsado por el voto activo de quienes hasta hoy sencillamente decidieron no jugar al juego democrático y por ende, personalmente erijo en únicos culpables de la perpetuación de según que políticos en el poder durante todos estos años.

Ahora por el whatsapp me llegan unas cuantas imágenes de burla con motivo de la abdicación del Rey. Más motivos pues para reconocer que sí vivimos en una democracia y que lo que algunos iluminados nos cuentan, día sí y día también, no es más que producto de la rabia que les reconcome al entender que sencillamente se mantienen alejados de las cotas de poder, únicamente porque no han conseguido convencer a quienes tienen como potestad poner y derrocar gobiernos; los ciudadanos que activamente ejercen su derecho al voto. Porque como se ha demostrado en las Europeas de hace una semana, no ir a votar, abstenerse, o votar nulo, lejos de regenerar la política lo que provoca es un emponzoñamiento cíclico letal para las instituciones. Seguramente habrá mucho voto prestado socialista en Podemos, pero también hay una mayoría que antes de su aparición iría destinado a la abstención. Y esa es una lección que muchos en este país no deberían olvidar.
La confusión y la tergiversación de los hechos suelen ser los dos pilares sobre los que se sustentan los gallineros políticos a los que últimamente las televisiones nos tienen acostumbrados los fines de semana. Programas enteros capitalizados por panfleterismos desvergonzados que orgullosamente reniegan de la verdad en busca de un aplauso maquillado que les de rédito en sus egos dospuntoceristas. Voceros sin excusa de una forma de ver y entender el mundo que mana de la propia política que deploran, pero de la que se aprovechan para alimentar su aura populista. Maestros del rodeo para abordar cualquier tema con la técnica del despiste aseverativo consistente en sacar temas ajenos al debatido para ganarse un aplauso pactado de un público figurante que no hace más que responder a los carteles de 'silencio' o 'aplauso' que el regidor de turno planta frente a sus narices.

No hay nada mentalmente más nocivo para cualquier ciudadano que tomar la santa determinación de aposentarse en el sofá para ser testigo del desarrollo de uno de estos programas intentando sacar conclusiones sensatas de una oligarquía de opiniones plasmadas en gritos, rebuznos y memeces varias. No existe forma más rápida y eficaz de eliminar cualquier atisbo de esperanza en la posibilidad de regeneración política de un país que aquella en la que se incluye la necesidad de escuchar a necios para formar opiniones propias.

Intentar sacar conclusiones válidas, razonadas y moderadas de un debate de los de esta calaña es, además de improbable, imposible. Confiar en que alguna vez esto cambiará...inocente.


Ha llegado la hora de la pose, la foto fija que tanto anhelan nuestros políticos, del buenismo desmesurado que convierte a personas que simplemente cumplieron con su deber, en guardianes perpetuos de un bien universal convertido en deuda que nunca seremos capaces de saldar. La hora en la que inclusive los enemigos de antaño proclaman alabanzas hacia quienes en vida únicamente dedicaron bilis, veneno y rabia. En los que el perfil de todos queda retratado en multitud de entrevistas tendentes a apuntarse el tanto de una supuesta confianza que la otra parte es incapaz de confirmar.

Es curioso ver cuanto cínico se suma al festín de las alabanzas. Cómo, pasmados, ven pasar de largo el tren de su momento en disputas inútiles. Cómo, en días como éste, pierden el tiempo rememorando un pasado que no arregla el hoy. Cómo, para los políticos de hoy, las lecciones del pasado no son más que papel mojado en la memoria. La memoria de todos. La memoria de Adolfo.

Al parecer y siempre según las últimas noticias, tan sólo el siete por ciento de los ciudadanos de Crimea está optando por la restauración de la Constitución de 1992 y continuar siendo Ucranianos. El resto, un noventa y tres por ciento, parece que ha decidido ser Ruso. Mirando un poco más hacia occidente, encontramos dos regiones más que se debaten entre la secesión y la opción de redefinir los lazos que las unen a los países a los que pertenecen en estos momentos. Al mismo tiempo todas se distancian las unas de las otras evitando similitudes que las puedan perjudicar en sus pretensiones. Y aún así, las tres consultas dejan un regusto amargo en todo convencido demócrata que se precie.

Leía hace un rato en un tuit que ya no he conseguido recuperar, algo así como que todos los referendums que nos parecen ilegales son precisamente los que tienen más probabilidades de obtener un resultado contrario a nuestros intereses. Era el tuit un resumen magistral de las frustraciones a las que, en estos tiempos de consultas y referendums, se debe enfrentar todo buen demócrata que se precie. Una especie de opa hostil contra uno mismo que todos deberíamos realizarnos para descubrir hasta qué punto somos capaces de razonar las consignas que tan alegremente proclamamos cuando creemos que alguien nos escucha.

En un mundo en el que la democracia se escribe en mayúsculas, donde la ciudadanía participa directamente de la política, en la que la voz del pueblo puede ser escuchada en una urna, ¿Con qué autoridad moral se puede denegar una consulta?¿Y cómo justificar dicha negación ante un más que probable resultado contrario a nuestros intereses? En un mundo en el que el relativismo es funcional y suele estar orientado según el viento predominante del momento, oponerse a preguntar y aceptar su resultado pueden ser las opciones que maneje un mismo partido en función de por donde vea que le caen los tiros. Da igual sin uno es contrario o no a una consulta, siempre hay tiempo para recular y optar por el camino contrario.

Para un demócrata convencido es un poco más complicado. El laberinto jurisdiccional al que los políticos dirigen sus proclamas choca directamente con la simplicidad de una pregunta, ¿qué va antes, el deseo del pueblo o la ley que conforma su ordenamiento jurídico? Tanto los que proclaman el dominio de lo primero, como los que hacen lo propio con lo segundo, tienden a enzarzarse en guerras dialécticas sin fin. Conversaciones de besugos que no hacen más que fortalecer a los partidos políticos que instigan esas luchas ciudadanas y que han encontrado en las Redes Sociales un caldo de cultivo primigenio inigualable para expandir sus diatribas a una velocidad de vértigo.

Ante un referéndum que se propone fuera de la ley pero que acaba en un resultado como el Crimeano poco o nada puede hacer un ciudadano que ama la democracia. Tanto estar a favor de éste como en contra, traiciona alguno de sus principios elementales. Pero no es este un problema del ciudadano que se ve arrojado a los brazos de este dilema democrático, sino más bien de los políticos que cegados por el poder arrastran a sus compatriotas a encrucijadas que difícilmente pueden tener una salida democrática al uso.

Con toda la sabiduría que la humanidad ha atesorado a lo largo de los milenios que ha permanecido sobre la faz de la tierra, aún no ha sido capaz de responderse a la pregunta de qué fue primero, si el huevo o la gallina. Con una consulta formulada de forma ilegal pero que acabara con una victoria aplastante en favor de la independencia pasaría lo mismo. ¿Qué sería más democrático, aceptar el resultado u obviarlo por no ser conforme a la ley?

Piénsenlo. No es sencillo ser demócrata en estos tiempos de consultas y referéndums...
Con el paso de los años, los partidos políticos han aprendido a jugar con la memoria de pez de los ciudadanos. Con ello han conseguido sacar rédito de los errores de sus contrarios. Han descubierto asombrados que pueden presentarse como solución, aún cuando ellos han podido ser parte del problema original. Han exhibido de manera insultante una inexistente capacidad para la regeneración programática, social y humana, que los ha anclado en un punto indeterminado de la deyección humana. Han convertido algo hermoso y eficaz como lo es la democracia en un cortijo a turnos rodeado de vayas pensadas más para evitar que se salga del cercado que para impedir que se entre en él.

En un mundo ideal imaginado por los actuales políticos, tanto la salida de la crisis como el hundimiento en una continuación asfixiante de la que ya padecemos, darían como resultado su propia perpetuación en el poder. Unos y otros desde siempre se han turnado para gobernarnos. Y aunque haya podido parecer que han buscado la destrucción de sus oponentes con sus acusaciones de corrupción, lo cierto que se han perdonado siempre la vida en el último suspiro. Se han dejado a propósito vías de escape desde las cuales permitir que el partido que había hincado al rodilla en el suelo cogiera el suficiente aire para recuperarse del golpe a tiempo. Han propiciado las bocanadas de aire mutuas necesarias para asegurarse la alternancia.

Tal vez en ese mentado mundo ideal la jugada les saliera tal cual creen. Pero me temo que aún no son capaces de vislumbrar el terremoto democrático que se les avecina. Creo que aún no aceptan que las mayorías consolidadas de las que han disfrutado durante estos años se han hecho añicos con esta última crisis. Que la llegada de las nuevas tecnologías, el acceso ilimitado a la información o la eclosión de las Redes Sociales y la forma en la que éstas han permitido que los ciudadanos interactúen entre ellos, han cambiado radicalmente el presente que aún creen pasado.

En el mundo ideal en el que viven los políticos de hoy en día, la salida de la crisis daría como vencedor a Mariano, del mismo modo en que el alargamiento de la asfixia económica convergería para que Alfredo sucediera al primero. En mi opinión, debido al descrédito al que a diario la sociedad de la información y la tecnología  los someten, dudo que cualquiera de los dos pueda declararse vencedor de nada que no sea el más estruendoso de los descalabros políticos de los que la historia ha sido testigo.


La ficción, por decirlo de una forma suave, con la que ayer nos deleitó el amigo Jordi ha causado estragos entre la fauna opinadora del país. Ayer se demostró que hay dos tipos de personas, las crédulas y las menos crédulas. Las primeras, las crédulas, descubrieron precipitadamente el lugar exacto en donde se encontraba el botón de borrar de su twitter.  Para desgracia de algunos, como Beatriz Talegón, no lo suficientemente rápido. Para las segundas, las menos crédulas, fue un shock que acabó en delirio humorístico mientras se deleitaban observando las 'marcha atrás' forzadas por los acontecimientos que protagonizaron las primeras. Incluso que experimentaron la vergüenza ajena al comprobar cómo gente formada y supuestamente informada se deslizaba sobre una ola ficticia sin darse cuenta del talegazo (pongo el paréntesis para acentuar el guiño humorístico jejeje) que se iban a pegan en unos instantes.

También ha demostrado la Operación Palace de Jordi algo que a mi me entristece sobremanera; la facilidad con la que una inmensa mayoría de ciudadanos somos capaces de interiorizar una fantasía cualquiera si se hace de la forma adecuada. Jordi tenía la certeza de que su prestigio le bastaría para urdir el plan. Aún así, decidió sumar a la pantomima una cantidad, quedemos en que cuanto menos sospechosa, de periodistas que estarían al tanto del circo del 23F y por consiguiente del que se iba a montar ayer por la noche y que permanecieron sorprendentemente discretos hasta el mismo fin del falso documental. Sin decir ni pío, nunca mejor dicho. Y ahí está lo peligroso; periodistas que permiten que una mentira sacuda una sociedad entera, y que viéndolo en directo a través de las redes sociales, permanecen en silencio mientras disfrutan del placer que parece les debió provocar la traca final del reconocimiento de la mentira.

Otra cosa que ha demostrado el documental es que más información, más interconectividad, o más globalización informativa, no son sinónimos de calidad en la información. Menos cuando ésta necesita del artificio del hagstag para canalizar la opinión, la ira, o el aleccionamiento que el arte de opinar suelen generar en los consumidores de dicha modalidad del periodismo.

Ayer Jordi nos trolleo a todos. A unos más que a otros. Pero por encima de todas las cosas, nos demostró que muchos de los que están abonados a las tertulias, no saben más que el resto de los mortales acerca de las cosas sobre las que día a día sientan cátedra. Ayer historiadores, periodistas y políticos, reputados todos, convirtieron un fake de Évole en trending topic y exclamaron a los cuatro vientos que era verdad lo que sencillamente Jordi se había inventado la mañana anterior. No les hicieron falta datos ni documentación al respecto, lo decía Jordi y por tanto era verdad.

Solo por eso, por lograr desenmascarar a todos esos chupópteros, tengo que felicitar a Jordi Évole . Sólo por eso, a mi humilde entender, queda justificado el falso documental.
Siempre que sale a debate aquello de la 'Democracia participativa', de la que Suiza es abanderada destacada en todo el mundo, solemos recrearnos en los aspectos envidiables que a nuestro parecer, desde la perspectiva de quienes sufrimos el parlamentarismo representativo, creemos irrenunciables por todo buen demócrata que se precie. Lo malo, como ha ocurrido recientemente en Suiza, es cuando esa misma utopía democrática en la que nos querríamos ver reflejados, nos lanza un estruendoso rebuzno que nos deja pasmadamente mudos.

Entonces es cuando uno se divierte ante la visión de unos tertulianos en fuera de juego que han de convertir lo que ayer fueron alabanzas en síntomas de decadencia democrática. Es en esos momentos cuando uno no puede más aplaudir a quienes sin reconocer nunca sus errores ponen en solfa los de los demás. Los mismos que añoran una democracia participativa en este país son capaces de limitar esa participación a conveniencia. Y uno, defensor de dicho tipo de democracia, no sabría decir en estos momentos si ellos son una compañía segura en este viaje reivindicativo...
La cuestión Catalana es una muestra más de hasta qué punto la indefinición puede copar las más altas esferas políticas. En un mundo en el que las ansias independentistas de unos pudieran ser aceptadas por los otros, las ambigüedades que tan gustosamente nos regalan nuestros políticos carecerían de razón de ser. Quedarían privados del poder con el que nos someten a diario. Dejarían de tener un discurso con el que apabullarnos, amedrentarnos y someternos.

En ese aspecto el PSC se acerca a su tensión de rotura. Un partido que como ninguno ha hecho de la indefinición su bandera y ha regalado los oídos de unos y los contrarios con manifestaciones contrapuestas que le han permitido estar, cual rareza cuántica que se precie, en los dos rincones del cuadrilátero y al tiempo hacerlo parecer no como una ambigüedad, sino como una primordial capacidad para el diálogo.

El PP por su parte está llegando a la suya propia. La aparición de VOX es la prueba. Un partido que gana las elecciones con un programa electoral y que aplica el que tenía escondido bajo la mesa camilla en la que se calentaba los pies de barro que le han aupado al poder. Un partido que haciendo de la necesidad virtud abocó a millones de Españoles a la pérdida de derechos laborales y sociales mientras salvaba bancos, concesionarias de autopistas e indultaba asesinos como en de l'Alcudia.

Y aún así los aparatos de estos partidos saben que mientras la ciudadanía vote como ha votado en estos treinta años, su poder distará mucho de quedar aniquilado. Hoy en día, al menos hasta las últimas elecciones efectuadas, hubiese dado igual que en lugar de Rubalcaba o Rajoy hubieren aparecido como cabezas de lista sendas dos cabras, los votos hubieren sido los mismos.

Eso parece que va camino de cambiar. Pero no cantemos victoria puesto que si uno mira detenidamente las estadísticas podrá comprobar que sólo dos millones de Españoles han sido los artífices de los cambios de gobierno en este país. Esperemos que esta vez seamos más.
Es cómico observar cómo se puede quedar sin argumentos una parte de la ideología de un país con dos simples traspiés de sendos políticos foráneos que la decían representar. Eran como la refundación de la nueva izquierda. La vuelta de la vieja Europa, hasta que Merkel volvió a ganar, y la llegada por fin de un político verdaderamente de izquierdas al trono del universo. Su punto álgido fue el día que a Barack lo nombraron premio Nobel de la paz. En esos momentos los contertulios de izquierdas, los panfleteros y toda criatura acostumbrada a correr en el mismo sentido que la masa, se tocaban pornográficamente mientras vociferaban a los cuatro vientos que el mundo iba a cambiar si no era que ya lo había hecho.

Unos meses después Barack asesina a Sadam sin juicio previo, ordena una intervención militar y utiliza su premio para limpiarse el culo después de defecar, mientras que al otro garante de esa izquierda le salen novias de debajo de las piedras y engaña al electorado como nuestro amigo Mariano subiendo impuestos y recortando por valor de 50.000.000.000 de euros. Todo un giro neoliberal escuché ayer por la tele. Y de manos de uno de los salvapatrias de esa ideología.

Al final resultará que no existen recetas de izquierdas o derechas para combatir la crisis, sino más bien sólo recetas. Ahora toca que se lo aprendan quienes nos llenan los oídos con chorradas a diario.


Lo malo, lo que retrata a la perfección el periodismo que tenemos, lo que es triste hasta la saciedad, es que este hombre sea el único con el valor para preguntarlo. Los otros. Esos que ahora se enorgullecen de él y que exigen llamarse, como él, periodistas, no fueron capaces siquiera de alzar la voz para protestar por la prohibición de hacer preguntas. Y eso que con Rajoy y Rubalcaba se envalentonan iniciando campañas propagandísticas de esas tales como #sinpreguntasnohaycobertura. Pues bien, los etarras tampoco iban a aceptar preguntas...¿qué coño hacían ustedes allí entonces? Habría que comenzar una iniciativa ciudadana que dijera #SinPeriodistasPancarterosTendríamosMejorDemocracia. Lo malo es que está tan podrida la profesión de periodismo que si lo hiciéramos y lo consiguiéramos, nos quedaríamos solos.
Hace unos años, cuando los medios de comunicación batallaban con los blogs por aquello de fomentar el periodismo ciudadano, estaba de moda lo de borrar el rastro que pudiera haber dejado algún comentario desafortunado. Eliminarlo y acto seguido negarlo categóricamente, o en el caso de haber sido pillados 'con las bragas en la mano', distanciarse de el con un arrepentimiento formal que nos devolviera a la paz social con nuestros lectores. En aquellos años no existían los botones sociales, con sus respectivas redes y perfiles, por lo que dicho trabajo solía limitarse al borrado de un post o comentario desafortunado nacido de la bilis en un momento de lectura desenfrenada. Eso sí, uno siempre sabía que la limpieza total del rastro era una quimera, ya que aún no habiendo acudido todos los lectores al blog antes del borrado, la entrada completa solía quedar a salvo tanto en los feeds como en la sindicación en comentarios a través del correo electrónico. Era, hablando claro, una venda alrededor de una fractura abierta.

Que a esa torticera artimaña acudiéramos los ciudadanos de a pié tiene un pase. A fin de cuentas nada salvo nuestra propia palabra podía quedar en entredicho.  Que hoy en día, con la proliferación de redes sociales que existe, acudan los políticos creyendo que salvaguardan su imagen de cara al electorado, no. Y al parecer eso es lo que pasa con Twitter y nuestros amados representantes; borran los tuits que entran en contradicción con los actos de su propio partido, los que contradicen sus propios mensajes, y aquellos que les nacen de las vísceras y por los que pueden ser criticados. Nos lo muestra la Fundación Civio con una página web (Digo Diego) que recopila todos los tuits que nuestros políticos deciden borrar tras unas horas expuestos y por los que suponen pueden tener problemas. 

Lo dicho. Que lo hayamos hecho nosotros tiene un pase. Que lo hagan ahora los políticos creyendo que los ciudadanos votan una imagen más que unas ideas, no. Uy! creo que me he contestado a mi mismo porque...¿donde está escrito y cómo demostramos que los ciudadanos votan solo ideas y no imágenes corporativas? Tal vez no sea tan mala idea esa de borrar el rastro...
Llegados los últimos estertores del año se pueden dar por cumplidos los balances de los balances de estas fechas. Ya no hacen falta más resúmenes que sinteticen lo acaecido en el año que estamos próximos a despedir. Lo dicho dicho está y de poco sirve volver a repetirlo. Pero queda una pregunta por resolver y que nadie responde; si ninguno de los que tenemos nos valen para gobernar, ¿quién debería hacerlo? Personalmente pienso en los chinos. Tienen todo lo malo concentrado en su propia forma de estado; dictadura y marxismo, abonado con un poco de capitalismo beligerante. Si uno se para a pensarlo detenidamente tampoco esa es una solución. No poder elegir y equivocarse no es una solución válida democráticamente hablando. Pero tampoco lo es estar obligado a elegir entre malo y peor. Supongo que nos deberíamos haber quedado en aquello de 'cazadores-recolectores'. Vivíamos menos, sí, pero cada uno comía de lo que 'cazaba-recolectaba'.

Ah! Y no existían los políticos ni los periodistas, que es un punto extra más para añorar aquellos tiempos...
Quisiera que me explicaran cómo puede ser tan complicado convertirse en político y seguir siendo un ser humano normal. Cómo se puede llegar al punto de incluso cambiar convicciones personales por otras asumidas o inspiradas por terceros, o en el caso de los políticos, convenciones políticas ideadas para la homogeneización confesional de los militantes. Cómo se puede aceptar sin remilgos eso y seguir pudiéndose mirar uno a la cara frente al espejo. En ambos casos, izquierdas y derechas, se practica el 'si te mueves no sales en la foto'. Los de hoy han fallado, pero los de ayer sólo fueron conscientes de hasta donde metieron la gamba cuando ya no había remedio.

¿Tan complicado era matizar la ley del aborto para hacerla mejor? Ministro, usted tan solo debía modificar un par de sencillas cosas; aquello de que una niña no debiera comunicar a sus padres que iba a abortar y lo referente a la necesidad de la receta médica para la dispensación de la píldora del día después. Dos sencillas cuestiones que no hubieren supuesto poner en el disparadero a una sociedad, la Española, que bastante tiene ya con aguantarles a ustedes, derechas e izquierdas, a diario con sus sermones, sus salva-patrias en formato panfletero, y sus sí pero no y ahora es menos de lo que llegó a ser aún cuando se aseguró que no sería nada. Que esa es otra. Primero nos dicen que la luz no subirá. Luego se nos atragantan las gambas con un 11%. Y ahora se nos dan palmaditas en la espalda con un 'será sólo el 2'3%'. 

Hay que ser hijos de puta, malnacidos y rastreros para tomar el pelo a la ciudadanía de esa manera. Y me contengo y no hablo de esos pseudoperiodistas que llevan desde antes de que ganara el PP las elecciones profetizando el fin del mundo. Periodismo y política. Tal vez los dos oficios más tóxicos para la sociedad civil en estos días.
La herencia recibida es un cáliz tras el que se suelen parapetar los partidos cuando llegan al poder. Un muro infranqueable de datos y predicciones desoídas que difícilmente pueden ser rebatidas por los vencidos. Un suave lecho desde el que convertirse en la oposición de la oposición. Más, si el que ha llegado al poder lo hace tras un periplo paupérrimo de equivocaciones y negaciones de la realidad. Es entonces cuando la incompetencia del anterior gobernante y su recuerdo favorece la aparición de un poso desde el que idealizar una franqueza inexacta que suele acabar en la flagelación pública de una ciudadanía desesperada capaz de incluso creerse culpable de buena parte de sus males. Es, además, el recurso fácil de los malos gobernantes. Una forma casposa de escurrir el bulto. Un mal del que son acreedores todos y cada uno de los gobiernos que han ostentado el poder en este país hasta el momento.

Supongo que quienes esgrimen el argumento de la herencia recibida deberían convocar un simposio desde el cual fundar las bases para la regulación de dicho término. Por ejemplo, podrían decirnos a los ciudadanos los tempos exactos para poder arrogar o eximir de responsabilidades a quienes dejan el poder. O acertar a explicar a la sociedad cómo y de qué manera juzgar un posible sin que pueda nunca llegar a hacerse realidad. Eso lo debería hacer el gobierno actual, por ejemplo, puesto que siempre acaba diciendo que estas reformas no son más que la versión acelerada de lo que Jose Luis debió hacer tiempo atrás.

Supongo que si Zapatero hubiese sido honesto con los ciudadanos hubiere vuelto a ganar las elecciones. Incluso con subidas de impuestos y de la luz claramente expuestas en el programa. Del Partido Popular se esperaba que bajara los impuestos y los subió, ha disminuido el estado del bienestar y ha dilapidado en dos años toda la credibilidad que consiguió atesorar durante sus años de oposición. Ambos dos perdieron sus oportunidades para ser recordados como buenos gobernantes. Ambos dos merecen el olvido ciudadano.



Ni unos ni otros son adalides de la verdad y esa es la peor de las herencias recibidas que puede soportar una democracia. En Las Provincias he visto este documental de la plataforma narrative en la que se ve la realidad del día a día en España. Seguramente ellos no lo verán. Y si lo hacen intentarán acercarlo hacia sí para utilizarlo políticamente. No les dejemos. Esta es la herencia que nosotros, no ellos, hemos recibido. Nuestra condena por soportarlos. No dejemos que nos vuelvan a ningunear nunca.
Tal vez hayan escuchado ustedes la cuña de radio esa en la que se nos recomienda hacernos extranjeros. La cuña en sí hace referencia a una web, hazteextranjero.com, en la que se nos ofrece la posibilidad de tramitar los papeles necesarios para convertirnos en extranjeros en nuestro propio país. Esto sonaría a guasa y hasta nos permitiría unas risas entre nosotros, si no fuera porque leyendo lo que uno lee por ahí, dicha decisión deja de situarse en la zona del cachondeo
para pasar a colocarse en la de 'necesidad vital'.

Verán. A un albañil de los de toda la vida, en paro desde hace unos años, se le ha retirado el subsidio que estaba cobrando porque un inspector de trabajo se presentó en casa de su hija (la del albañil) y se lo encontró allí haciendo lo que siempre hizo en su labor profesional sin que hubiere contrato ninguno que intermediara entre padre e hija. Padre e hija. Al mismo tiempo, Matas, ex presidente de Baleares, ha pedido el indulto alegando, y atiendan bien a lo que van a leer a continuación, que la pena de nueve meses de prisión por el delito de tráfico de influencias que pesa sobre él no serviría para su "reinserción social" y que esta condena "no resulta adecuada a la justicia, equidad y proporcionalidad". Relean de nuevo el alegato por favor y recuerden que esto sucede al mismo tiempo que se le retira la pensión a un albañil por hacer un trabajo en casa de su hija.

Alejándonos de las cuestiones legales y dejando de lado el hecho de si se le debe o no retirar el subsidio al pobre albañil, deberíamos centrarnos en una figura clave en toda esta pantomima que suele pasarnos desapercibida casi siempre; el inspector. Yo no pido que se perdone a los defraudadores. Tampoco que se inicie una caza de brujas mirando los ceros de las cuentas corrientes que convierta a los más ricos en los nuevos judíos del siglo veintiuno. Pero un poquito de por favor señores, un poco de humanidad. No hablamos de desfalcos millonarios. No hablamos de enriquecimientos desorbitados. Señores Inspectores que se dedican a saquear los bolsillos de los contribuyentes más humildes; hablamos de subsistencia básica. Algo que no se puede atribuir a Matas, por ejemplo, y que sin embargo goza de todas las garantías legales para permanecer en la calle sin preocupaciones.

Claro. Ahora me dirán que las mismas garantías que el albañil. Pues no. Al parecer el inspector le ha quitado la pensión y ha pasado por alto algunas cuestiones que podrían haber convertido el trabajo que estaba realizando el pobre señor en algo totalmente legal. Verán. Según la ley "no tendrán la consideración de trabajadores por cuenta ajena el cónyuge, los descendientes y ascendientes y demás parientes del empresario (el propietario de la vivienda no es considerado empresario), por consanguinidad o afinidad".

Piensen en las dos situaciones con detenimiento. Las comparaciones siempre son odiosas. Eso sí, hacerlas nos permite ver cuan necesaria es una regeneración total en este país de pandereta.