Esta maña escribía un visceral post celebrando la muerte de un sanguinario como Bin Laden. Es más, retozaba entre mis vísceras mientras describía cuan ocioso y complacido me sentía por haber disfrutado de tan alegre noticia.

Más tarde, mientras leía el TL de la Moncloa, mi gozo quedaba sumido en el estupor de quien, sin darse cuenta, ha acabado abrazando las tesis que otorgan a según qué países el beneplácito de la intervención en el extranjero con total impunidad. Incluso en ese mismo post hacía referencia a ello anunciando que siempre habría quien denunciaría una cosa como esa. Mi sorpresa es que yo mismo soy quien ha decidido hacer hincapié en la susodicha tesitura.

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Y éste ha sido el detonante que ha provocado en servidor las dudas que ahora tiene en lo que se refiere a si un Gobierno democrático debe expresarse de este modo en referencia a un asesinato perpetrado por un país en tierras extranjeras.

Ya lo se, era un asesino y todo lo que queramos. Pero siendo como es éste un país en el que la pena de muerte está abolida y siendo como es éste también un gobierno que siempre se declaró en contra de la misma basando su decisión en la ideología progresista que siempre lo asiste, cómo se puede permitir semejante felicitación oficial. Mi duda es hasta qué punto, sin darnos cuenta, somos capaces de retorcer nuestras propias palabras y convencimientos con tal de no desentonar en el bullicioso y ensordecedor cacareo internacional…

Llevo todo el día escuchando que si twitter es lo mejor que le pudo pasar al mundo. Que si esta herramienta fue la primera en anunciar la muerte de Bin Laden. Que si el periodismo tradicional debería renunciar a sus arcaicos medios con tal de aceptar como propia una herramienta cuya principal característica es la de la inmediatez.

Casi al mismo se ha produce en ese TL tan característico de tuiter una confusión inocente que desencadena un aluvión de insultos hacia alguien que sólo se parece de lejos y con la luz apagada a Federico Jiménez Losantos. La víctima es un tal Isaac Jiménez (@isaacj), que confundido, sorprendido y divertido ante la vorágine de referencias que recibe de parte de gente desconocida, decide publicar un tuit en el que recalca que no, tampoco es hijo de Trinidad Jiménez.

El causante de semejante lio es un periodista metido a tuitero a jornada completa de los tantos hay ya en la actualidad (@Pedroj_ramirez sería un ejemplo buenísimo de ello) que se llama por estos lares @iescolar y del que poco o nada cabe añadir que ustedes no conozcan de él. No hay que hacer sangre. Simplemente comete una equivocación y eso es algo que nos puede pasar a todos. Eso sí, dicha metedura de pata deja patente una cosa, inmediatez no es igual a fiabilidad.

Que un tipo decida tuitear que hay helicópteros sobrevolando su casa y que la coincidencia le conceda la chamba de hacerlo justo cuando ese artefacto está asesinando al terrorista más buscado del mundo, aún sin que él lo sepa, no justifica que por parte del resto del mundo se le tenga que otorgar a la herramienta (en este caso twitter) mayor valor o reconocimiento que el de la simple suerte.

Evidentemente si en la calle todos nos pusiéramos con un megáfono a contar lo que creyéramos que era importante, más tarde o más temprano acabaríamos dando la campanada padre. Pues lo mismo con tuiter.

…o porqué no hay que  aparcarse en ellas cuando uno no lo es.

Es curioso cómo evoluciona la blogosfera y las herramientas que la complementan a lo largo de los tiempos. Si hace unos años poner tu verdadero nombre al pie de los posts era considerado como algo poco menos que temerario, la actual invasión de famosillos, políticos y periodistas en el mundo dospuntocerista, ha traído consigo la imperiosa necesidad de asegurarse el propio nombre en tantos servicios y herramientas aparezcan, para evitar en lo posible que algún lanzado tocapelotas secuestre la marca personal que es el susodicho y se haga pasar por nosotros mismos.

Hace unos años todo eran seudónimos que escondían la verdadera naturaleza de sus raíces y ocultaban nuestra identidad para preservarla así de una horda de curiosos que pretendieran saber de uno más de lo académicamente aconsejable.

Hoy, dejar tu nombre a disposición de cualquiera en una red social, ya sea tuiter o facebook, es un error imperdonable. Y eso lo están aprendiendo los antes mentados a la carrera. Puede que muchos utilicen estas herramientas para la simple propaganda, pero siempre será mejor que la propaganda la difundas tú, que permitir que alguien en tu nombre se dedique a hacer pensar a miles de usuarios que eres tú y no él quien dice alguna que otra barbaridad.

Vía Senovilla.