¿Saben? Siempre se ha dado por sentado que en el centro político reside la virtud ciudadana. Ese lugar que de forma indiscutible hemos designado como residencia natural de los demócratas. Lo complicado está no tanto en alinearse en torno a él, eso es sencillo, sino más bien en encontrarlo informativamente hablando. Ya saben, no es lo mismo declararse de centro que informarse tomando como sino dicho lugar, entre otras cosas porque como tal, dicha residencia no existe en el espectro informativo.

Uno puede rebanarse los sesos buscando un medio que se establezca claramente en el centro durante años y acabar declarando que dicho centro no es más que una utopía más de las muchas que pueblan el imaginario ciudadano. Encontrarlo, descubrirlo, atisbarlo si quiera, es un imposible semejante al de vislumbrar la nitidez de una imagen tomada por una cámara desenfocada. Seremos capaces de adivinar algunas líneas maestras que nos ofrezcan una imagen borrosa, pero nunca alcanzaremos a disfrutar de la fotografía en todo su esplendor.

El centro político es como aquel último bocado del bocadillo que da sentido al resto ya ingerido, que queda sumergido accidentalmente en un charco de agua derramada de un vaso volcado por error sobre el plato en el que reposaba. Un suculento bocado de imposible disfrute que nos deja la terrible sensación de no haber podido culminar con el orgasmo onanístico del crujir del pan en el último mordisco. Un robo en toda regla que nos aparta del delicioso clímax papilo-gustativo que da sentido al rito de la comida.

El centro político informativamente es un mito, una leyenda urbana que todos nos encargamos de alimentar con la vana pretensión de descubrirlo accidentalmente. No es necesario perder más tiempo en ello que el necesario para cerciorarse de que nos es imposible dar con él sin ayuda. Otra cosa es a quién le pidamos la ayuda para ese menester…

Es curioso ver cómo las grandes preguntas que han intrigado a la humanidad durante milenios nos siguen hoy acechando a la vuelta de la esquina, no sólo inquiriendo a los grandes pensadores de nuestro tiempo, sino también a los vulgares ciudadanos que, apostados en las áreas de servicio mientras hacemos el descanso del tiempo de conducción en el caso de los conductores profesionales, nos vemos asaltados por otros ciudadanos cuya, parece ser, única misión en esta vida es la de predicar su credo particular.

Verán. A mi en la áreas de descanso siempre me habían asaltado los comerciales de Orbita. Ya saben, esos de los seguros de carnet de conducir. Pues bien, hace un par de semanas los que vinieron a hacerme la visita de rigor fueron unos testigos de Jehová. Y me hicieron pensar, no porque me convencieran, sino más bien porque me reafirmaron en mis convicciones. He de decir también que me sorprendieron. No alcanzo a comprender qué razonamiento los llevó a pensar que un área de descanso sería un buen lugar para convertir a otros ciudadanos a su credo.

Mi vida colegial transcurrió en un colegio de curas, en concreto en el San José de Calasanz de Algemesí. Lo curioso, o al menos lo que me quedó grabado a sangre y fuego en mi pequeña y neófita mente, es que aunque uno se haya cansado de escuchar pestes de los presbíteros, en opinión de un servidor de ustedes y basando ésta en la propia experiencia, no hay refrán más apropiado para hablar de los mismos que aquel que reza ; “de todo hay en la viña del señor”.

Al parecer yo fui agraciado con la cara de la moneda en lo referente a los sacerdotes. Los que tuve como profesores fueron excepcionales. Y tampoco me vi sometido al lavado de cerebro que tanto se les achaca. Por poner un ejemplo los Padres que nos daban dicha asignatura debieron poner un empeño supino en la historia además de en cantar alabanzas y enseñarnos el credo, el padre nuestro y demás oraciones. Lo digo porque si bien es cierto que recuerdo los días en los que aprendíamos el ave maría y las visitas a la Iglesia en Miércoles de ceniza, también lo es que me quedaron grabados a fuego aquellos en los que el Padre Jaime, el Padre Arroyo o el propio Padre Llopis se desgañitaron enseñándonos Historia de las Religiones.

De aquellas enseñanzas me quedaron claras unas cuantas ideas maestras sobre las que he estructurado mi pensamiento. Los curas, aún siendo Católicos Apostólico-Romanos, se empecinaron en que nos quedara claro un punto fundamental; el Dios del Islam, el de los Cristianos y el de los Judíos es el mismo. Con diferentes nombres, cierto, pero el mismo al fin y al cabo. La única diferencia entre las tres religiones estriba en la aceptación o no de según que profetas como mesías.

Por ejemplo, los Judíos no reconocen a Jesús como Mesías, como sí hicimos los Cristianos, y aún esperan a aquel que los ha de salvar de su yugo. Los Cristianos, como he dicho, vimos en Jesús al mesías redentor y a partir de ahí fundamos nuestra Iglesia. Los que profesan la religión Islámica dejaron correr los años y encontraron en el 622 que quien sí debía ser reconocido como mesías era Mahoma. En base a estas tres aceptaciones, la misma religión ha derivado en tres grandes religiones diferenciadas que por obra y gracia de los hombres ha degenerado en guerras, negaciones y genocidios varios. Así las cosas, hemos de reconocer que posicionarse como anti-islamismas, anti-judío o ant-cristiano es poco menos que convertirse en un analfabeto funcional ya que en cualquier caso lo que hacemos es atacar a nuestro propio Dios.

Pero…¿y los que no creemos en Iglesias? Aquí es donde entra la segunda de las grandes enseñanzas con las que me bendijeron aquellos curas. Recuerdo un día en el que el Padre Arroyo nos hablaba sobre la misericordia de Dios y que dramáticamente roló a una pregunta retórica que me haría pensar; ¿si Dios es misericordioso, cómo podría condenar a un judío por su credo si por contra había sido un hombre bondadoso en vida? La respuesta la dejó en suspenso. Supongo que ni siquiera él se atrevía a vocalizarla. A mi entender lo que nos dejó caer como si nada era que daba igual a qué Dios rezara cualquiera, la misericordia se ganaba en los buenos actos y no en los credos.

Supongo que él mismo haría extensible esto a cualquier religión que existe en el mundo. La propia película de “la vida de Pi” ahonda en este tema y nos ofrece una perspectiva muy cercana a la que nos intentaban proponer aquellos curas en la niñez; las religiones no son más que diferentes formas de contar la historia de un Dios. Y Dios mismo no es más que una invención para explicar lo inexplicable (esto es un agregado mío). No digo que no exista ningún Dios, sólo que puede que no sea ni siquiera un ser como tal. Puede que la propia existencia de vida sea Dios en sí mismo.

Los curas me enseñaron muchas cosas. Una de ellas fue esta; pensar por mi mismo.

El mundo entero está para mear y no echar gota. Lo dicen las encuestas que estos días publican religiosamente los periódicos, las manifestaciones que día tras día toman las calles nuestras ciudades y la larga columna de ciudadanos en paro que atiborran las oficinas del INEM. También las valoraciones de los políticos o las instituciones y la poca fe que la ciudadanía alberga ya en ellos. Da igual el color de la chaqueta que uno vista, el rechazo es insultantemente notable. El repudio, incontestable.

A todo esto hemos de añadir el factor “opinión 2.0”, que es, como bien explica el amigo Joan Boronat en su blog, nuestra conversión a tertulianos dospuntoceristas que podría resumirse perfectamente en este párrafo que a continuación transcribo:

Las redes sociales nos han convertido en una especie de 'improvisados tertulianos'... Sí, esos personajes que saben de todo -en apariencia-, y que por una inyección de ego son capaces de dilapidar de un plumazo la reputación de quien se les ponga a tiro.

Los ciudadanos de a pie hemos perdido la perspectiva a la hora de escribir en nuestros blogs. Nos hemos creído periodistas, y hemos realizado análisis pseudocientíficos basando nuestros trabajos en resultados nacidos de defectuosas búsquedas en internet. Nos alineamos en función del hasgtag que ese día esté de moda (lo contaba Marcelino perfectamente bien aquel día en relación a los estorninos del Intermedio), nos mofamos de quienes osen pensar diferente, nos convertimos en palmeros cuando creímos ser voz de un pueblo. Un pueblo que, todo hay que decirlo, no está en internet, sino en las barras del bar.

También ahí han perdido los papeles los periodistas. Hoy es más fácil que nunca hacer un programa de radio o televisión. Basta con crear un hasgtag para creerse que el mundo habla de lo que tú. Me pregunto en cuántas de esas tertulias de barra habrá un ciudadano con el móvil en la mano. Hoy he presenciado cómo en el programa de la Campos, en pleno zapping, se congratulaban de ser tranding topic mundial. Será porque los estarán poniendo a parir he pensado, pero al momento el público ha roto en aplausos y allí se ha producido un espectáculo onanista sin  precedentes que a servidor lo ha dejado estupefacto.

Es curioso, he meditado, los ciudadanos creímos que opinar era sencillo y acabamos devaluando la profesión de tertuliano con nuestro intrusismo analfabeto. Los periodistas, por contra, decidieron hacerse interactivos y fabricar sus programas en función de lo que los hasgtags cuentan, y han acabado por devaluarse a sí mismos sin saberlo. Ni nosotros somos ya voz, ni ellos portavoces de realidad. Vivimos en la nube y en las nubes nos encontramos. Escribimos en el aire y en el aire quedan las reacciones. Los que no tienen internet han quedado relegados a la nada absoluta. Son el cero a la izquierda de la opinión ciudadana. Al menos hasta el día de los sufragios. Allí internet es menos que cero, menos uno.

Internet, o mejor dicho las redes sociales, se lo han cargado todo. ¿O a caso no habremos sido nosotros? Recuerdo al magistral Marcelino Madrigal en estos momentos repitiéndome al oído su mantra personal referente a las redes sociales; “el problema no son las herramientas, sino cómo decidimos nosotros utilizarlas”. Debemos recordarlo.

Hay veces en las que hablar de la actualidad lo deja a uno vacío. Más cuando nos enfrentamos a noticias como la de que BANKIA vale más que INDITEX. Son noticias que a cualquiera con dos dedos de frente dejan pasmado y sin argumentos. Se le hace a uno cuesta arriba el comprender cómo el fiasco financiero más grande de toda la historia de nuestro país, puede llegar a estar mejor valorado que la empresa que hace millonario a su creador con pingües dividendos anuales, 813 Mill este año. Las cosas de la bolsa que diría cualquier bróker, del capitalismo salvaje que diría el más osado de los comunistas…

Es curioso que hable ahora de comunistas. Ya sabrán, o al menos les sonará, que los cargos electos de IU suelen ceder parte de su sueldo al partido para ayudarlo a financiarse. Algo así nos vendió el otro día Cayo Lara. El caso es que esa declaración quedaría enmarcada en el retrato de un partido modélico si no fuera porque dentro de sus propias filas existe también el mangoneo en forma de concejalas que cobran dietas por reunirse consigo mismas. Una piedra ésta más en el camino de la redención de los partidos políticos.

Redención. La veo, les confieso, lejana e incluso imposible a tenor de las últimas encuestas. En el país de la corrupción no existe el honrado, sino sencillamente el que lo parece a secas. La vocación, el interés general o el ánimo por forjar una sociedad más justa, brillan por su ausencia frente a la profesionalización, el clientelismo y la más baja de las pasiones humanas; la envidia.

Tal vez a esta semana la salve que el Domingo es el día de la madre. La que los parió a todos. Esa a la que seguramente si hoy le preguntaran por en qué se han convertido aquellos niños, respondiera sin vacilar que hubiese preferido abortar a saberse la responsable de haber traído la ruina al resto de los millones de españoles que sufrimos a su prole. Gallardón lo hubiese tenido mal para doblegar su voluntad de abortar. Nunca me gustó Gallardón, pero es que cada día que pasa no hago más que reafirmarme en la aversión que le profeso.

Será que me hago viejo…

El dato del paro juvenil es para mear y no echar gota. Casi el sesenta por ciento de los jóvenes, con título universitario o sin él, no pueden acceder a un puesto de trabajo. Eso no sólo supone que no se puedan emancipar. Supone, por ejemplo, que al paso que vamos y con la fecha de jubilación y los años necesarios cotizados mínimos en aumento, esos mismos jóvenes a los que ahora damos palmaditas en la espalda no conseguirán cobrar el cien por cien de su jubilación. No hablamos ya de comprarse un piso, casarse o tener hijos…

parados-y-mas-parados

Yo decidí no hacer carrera y limitarme a trabajar con un camión. Hoy que soy padre no le desearía esto a mi hijo por nada en el mundo. Pero también veo a mi mujer, licenciada química en paro, que no puede más que agarrarse al clavo ardiendo de unas oposiciones que no tienen nada que ver con lo suyo como única salida laboral posible. Aún así preferiría que mi hijo estudiase a que siguiera mi camino. La salida no está en no estudiar, sino más bien al contrario, en transformar el tejido empresarial de este país de mierda.

La revolución que necesitan los jóvenes está en la tecnología. Su salida laboral en el emprendimiento. Su única esperanza reside en convertirse en sus propios jefes y llegar a arruinar a las empresas que durante años han impedido que este país transformara su modelo económico para industrializarse.

Una buena forma de comenzar con ello sería, por ejemplo, pedirle al Ministerio de Hacienda que dispusiera en la declaración de la renta de una nueva casilla junto a la de la Iglesia y las ONG’s para destinar lo recaudado a la I+D. ¿firmáis?