Hay días en los que a uno le place reanudar viejas batallas que abanderaron durante años este blog. Batallas, perdidas las más de las veces, que por suerte un enamorado de las herramientas dospuntoceristas como Marcelino ha mantenido vivas y vigentes durante estos lapsos de tiempo de silencios injustificados. También de los silencios de ustedes. 

Conforme van pasando los años, uno acierta a advertir la soledad, la cruel sensación de soledad, que pudiera padecer un ciudadano, que como él, se sumergiera en una lucha tan agria como la que representa la denuncia de la inacción de las grandes empresas en todo lo relacionado con los delitos sexuales contra menores. La incomprensión y el cansancio de los lectores de toda la vida, que han acabado escandalosamente hastiados de una redundancia en el contenido de un blog llevada al extremo. La ingenua intolerancia de quienes no han llegado a comprender que esa lucha no es en beneficio de la persona que se adivina tras su fotografía y firmas, sino más bien en el bienestar de miles de niños anónimos, indefensos, que día a día quedan atrapados en las zarpas de depravados sexuales que los explotan y marcan de por vida.

No alcanzo a imaginarme cuan sólo se debe sentir Marcelino. Cuánto desprecio ha podido llegar a sentir tras su cogote con cada artículo publicado. Cuan amargo puede ser el transcurrir de los días en la soledad de una batalla perdida de antemano ante multinacionales que se saben a salvo de culpas tras una maraña de leyes que las encubren, protegen y legitiman.

Puede que este tema sea ya añejo para muchos de ustedes. Es una pena que piensen así. La velocidad del mundo que nos rodea nos impide ver que en realidad el tormento de estos niños y la utilización por parte de sus verdugos de esas redes sociales que tantas veces alabamos, convergen al mismo tiempo con el momento en que nosotros las utilizamos para nuestro entretenimiento. ¿No es curioso? Ahora, mientras mi Twitter publica una reseña de mi post, un malnacido publica, también en la red del pajarito, un vídeo en el que enseña como viola a su sobrino mientras otros lo marcan como favorito, le piden más material o se hacen seguidores mutuos.

En fin, piénsenlo.
Siempre hay un punto de inflexión en el que cualquiera es capaz de cambiar su forma de pensar. Un punto en el que sin necesidad de traicionar todo cuanto defendió, abraza la posibilidad de un cambio de opinión. Un momento en el que lícitamente puede renegar de lo dicho y apuntarse a otro carro sin que ello reduzca en manera alguna su credibilidad o capacidad de raciocinio. Lo complicado, en todo caso, es llegar a reconocer ese punto.

Ese punto de inflexión es importante. Mucho más si tenemos en cuenta que la mayoría de la información que hoy consume el usuario medio está compuesta cuasi exclusivamente por opinión, subjetivismo y pancartería. Por tanto, la necesidad que tenemos de reconocer ese momento en el que las cosas ya no son como hacía unos instantes, adquiere una importancia inusitada. Es básica para poder decidir qué periodista se empecina en remar contra corriente y cual no lo hace. Y es que, ya que nos tenemos que fiar de la opinión para mantenernos informados, más nos vale aprender a diferenciar entre periodistas que leen lo que ocurre en el mundo y los que sencillamente cuentan cómo les gustaría que estuviera el mundo.

Es triste ver como quienes nos deberían informar no son capaces de reconocer ese momento. 
Gamonal, al final, ha sido algo. Para muchos ha sido una victoria de la sociedad civil. Para otros, de forma exagerada en mi modesta opinión, una demostración de kale borroka que se le fue de las manos a los vecinos. Ha sido de todo y nada. Una esquirla que ha prendido sin saber muy bien cómo y que finalmente ha tumbado un proyecto urbanístico. Una voluntad del pueblo que ha dicho basta. Una inocente manifestación que ha sido tomada por los radicales. Un mero títere político impulsado por la que está llamada a ser en muy poco tiempo la tercera fuerza política del país. Una vergüenza. Un alivio. Un descanso.

A decir verdad era de esperar. Con todo el paro que hay. Con los recortes anunciándose a diario por radio y televisión. Con las desgracias que cada uno lleva colgadas a la espalda. Lo que resultaba extraño era que un alcalde se volviera una copia de Gallardón y se empeñara en realizar una obra faraónica sin que hubiere contestación ciudadana. Buena o mala. Necia o culta. Ilegal o acorde con la legislación. Con razón o sin ella. Con o sin nuestro aval. Era algo que podía pasar. Algo con lo que nunca cuentan los políticos. Algo que ocurrió con la misma facilidad con la que podría volverse a sumir en el olvido. Gamonal ha recogido los rescoldos de aquel 11m que murió de inanición por culpa de sus impulsores y los ha avivado con la fuerza del sentido común.  Y aunque ha incurrido en errores, se le ha de reconocer al menos que ha puesto voz a un sentimiento más que extendido por toda la geografía Española.

Venimos de una crisis galopante que ha arruinado a muchas familias. Hace veinte años lo apostamos todo al ladrillo. Construimos una economía en base al hormigón. Casi acertamos. Disfrutamos de plusvalías que nos enorgullecieron. Y que se callen los que dicen hoy que lo veían venir porque no son más que unos mentirosos. Nunca los vi aparecer en la tele para prevenirnos. No volvamos a caer de nuevo en esa trampa por favor. No volvamos a preparar el caldo de cultivo de una nueva crisis destinada a nuestros hijos y nietos.
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El mito de la izquierda

Es cómico observar cómo se puede quedar sin argumentos una parte de la ideología de un país con dos simples traspiés de sendos políticos foráneos que la decían representar. Eran como la refundación de la nueva izquierda. La vuelta de la vieja Europa, hasta que Merkel volvió a ganar, y la llegada por fin de un político verdaderamente de izquierdas al trono del universo. Su punto álgido fue el día que a Barack lo nombraron premio Nobel de la paz. En esos momentos los contertulios de izquierdas, los panfleteros y toda criatura acostumbrada a correr en el mismo sentido que la masa, se tocaban pornográficamente mientras vociferaban a los cuatro vientos que el mundo iba a cambiar si no era que ya lo había hecho.

Unos meses después Barack asesina a Sadam sin juicio previo, ordena una intervención militar y utiliza su premio para limpiarse el culo después de defecar, mientras que al otro garante de esa izquierda le salen novias de debajo de las piedras y engaña al electorado como nuestro amigo Mariano subiendo impuestos y recortando por valor de 50.000.000.000 de euros. Todo un giro neoliberal escuché ayer por la tele. Y de manos de uno de los salvapatrias de esa ideología.

Al final resultará que no existen recetas de izquierdas o derechas para combatir la crisis, sino más bien sólo recetas. Ahora toca que se lo aprendan quienes nos llenan los oídos con chorradas a diario.
Hay ocasiones en las que uno no es consciente del tiempo que vive. Veces en las que la realidad, o el cambio, le pasan a uno desapercibidos a causa de la trepidante velocidad con las que ocurren las cosas. Todas las cosas. No creo que esta sensación mía sea sólo culpa de las redes sociales. La incipiente calvicie que me amenaza es también un claro marcador del tiempo que he vivido. Un testigo impertinente que declara a los cuatro vientos que ya no soy un mozalbete. Y esa edad que subyace tras la caída de mi pelo impone en mi forma de ver el mundo un sosiego que se convierte en un lastre que me ancla a la lentitud que el día a día niega. Vivo infinitamente más rápido que mis padres, pero percibo que me vuelvo lento cuando me comparo con el mundo de ahora.

Hay veces en las que uno se encuentra noticias por ahí que creyó que nunca leería. Situaciones que nunca pensó que llegaría a ver. Avances y modernizaciones que uno nunca creyó que llegaría a contemplar y que convierten una noticia del montón en una clara señal de avance en la humanidad que dista mucho de ser enaltecido por quienes se dedican a informar. Lo del Papa Francisco y la pareja casada por lo civil que han llevado a su hijo a bautizar son la causa de mi reflexión.

Si lo piensan detenidamente, si se dejan de prejuicios y ven el mundo tal cual lo debería ver alguien que ha sido llamado por Dios para la meditación, el acto que ha realizado el papa es extraordinario. Una institución tan monstruosamente gigantesca y anclada en el pasado ha sido capaz de cambiar miles de dogmas con la sola llegada de un papa. Y esos hombres que son capaces de hacer semejantes gestas como si tal cosa, son los que acaban siendo llamados a perdurar en la retina de quienes coincidieron con ellos en vida. Son los que dan forma al avance de la humanidad. Con o sin religión, el que facilita la vida de las personas, es mil veces más útil al ser humano que quien se limita a consentirla.

Para muchos de ustedes esta noticia no pasará de ser una anécdota. Para mi no. Me hace reflexionar sobre las cosas que damos por sobre entendidas. Esas que nos parecen inamovibles. Las que damos por sentado que perdurarán hasta el fin de los tiempos. A mi entender la religión católica tiene todos los mimbres necesarios para existir hasta la llegada del fin del mundo. Solo le quedaba una tarea que hacer y que el papa ha comenzado; modernizarse. Y eso es algo que nunca creí que llegarían a contemplar estos ojitos míos...
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Balsámico

Escribir en el blog ha acabado convirtiéndose en un paño caliente con el que enfriar los humos perniciosos que la actualidad, la realidad, y las compañías que uno se encuentra por el camino, le provocan en el día a día. Una especie de huida hacia delante que implica no dar la espalda a los problemas. Y aunque es cierto que cada día es más complicado decidir sobre qué hablar, no lo es menos que es balsámico para quien por aquí aporrea el teclado. Tal vez sea por ello que uno ama tanto a este rincón.

Les dejo con música...


Hasta que la ley del aborto del PP apareció en los telediarios, servidor fue siempre un firme defensor de la libertad de voto de los diputados. No entendía el porqué de la obligación de seguir una máxima nacida del órgano de dirección de los partidos que convertía a sus diputados en poco más que morralla que rellenaba los escaños de la casa del pueblo. No aceptaba la dictadura que ello suponía. No me gustaba la democracia tal cual se nos pintaba. Y aunque suene contradictorio, tampoco me gustaría que se generalizara aquello del voto con libertad de conciencia si antes no se cambian otras cosas.

El debate que se ha generado en torno a la posibilidad de que los diputados puedan votar en conciencia es si cabe engañoso e interesado. Me explico. La misma falla democrática que se le atribuye a la negativa de que el partido ofrezca la posibilidad de votar en conciencia, se repetiría si una vez otorgados los votos sus dueños decidieran obrar sin que les importara lo que sus votantes prefirieran. O sea, no se puede pedir libertad de voto si antes no cabe la posibilidad de que los ciudadanos elijan directamente a quienes tendrán en su poder la posibilidad de votar según qué cuestiones. La existencia de las listas abiertas vamos. ¿Pero sería ésta una verdadera solución al problema? Yo creo que no. La complejidad y la interminable lista de posibilidades que podrían envenenar una ley es tan arrolladoramente desmesurada, que cualquiera de nosotros se debería tentar muy bien los bolsillos antes de arrojarse a los brazos de la forma democrática más cacareada en cada momento. Cada forma de democracia es válida para un supuesto concreto y en muy pocas ocasiones ésta es aceptable para otro diferente.

Por ejemplo, la libertad de voto está muy bien si está acompañada de listas abiertas y una democracia directa que nos obligue a participar a los ciudadanos casi semanalmente. Sería caro, pero sería la democracia más participativa y real que podríamos tener. Si por el contrario creemos en la existencia de unos partidos políticos fuertes que hagan del voto unánime su ley y reduzcan la injerencia ciudadana a su mínima expresión, esta que tenemos es su mayor exponente. Las dos son democráticamente defendibles, no en vano la segunda basa el voto de sus diputados en sesiones de preparación en los que se debaten las leyes para formar un criterio común que todos respetarán a la hora de ejercer el voto. Ambos dos son ejemplo claro de democracia pura. La primera forma implica a todos los ciudadanos. La segunda delega en los políticos el querer de los ciudadanos.

El problema, creo yo, es que sencillamente no sabemos votar en las elecciones. Damos por supuestos unos valores éticos a nuestros políticos que ellos tardan segundos en tirar por los suelos. Les arrogamos una impermeabilidad ante la corrupción que día tras día adolece de inconsistencia. Pero no solo eso, además caemos en la tentación de creer una obligación lo que la mayoría de las veces gritamos que nos deberían permitir; votar. Nos supone un problema hacerlo cada cuatro años, incluso anualmente si tenemos en cuenta las regionales, locales, europeas y nacionales. Nos atrevemos a exigir democracias directas, dando a entender que ni siquiera tenemos idea de lo que ello significaría. Somos palmeros, veletas que van sencillamente hacia donde lo hacen quienes nos rodean. Pedimos democracia cuando ni siquiera somos capaces de sacrificar unas horas del Domingo para ejercer un derecho que después anhelamos durante cuatro años.

Se puede pedir libertad de conciencia para emitir un voto. Es lo deseable. Pero antes quiero tener la oportunidad de poder elegir quien será el que tenga el privilegio de votar en mi nombre. Con listas cerradas lo lógico es que no se pueda votar en conciencia. Éstas, las cerradas, sirven para armonizar un voto democráticamente. Mientras no existan listas abiertas, lamentablemente el voto nunca puede ser en conciencia. No sería democrático.


Lo malo, lo que retrata a la perfección el periodismo que tenemos, lo que es triste hasta la saciedad, es que este hombre sea el único con el valor para preguntarlo. Los otros. Esos que ahora se enorgullecen de él y que exigen llamarse, como él, periodistas, no fueron capaces siquiera de alzar la voz para protestar por la prohibición de hacer preguntas. Y eso que con Rajoy y Rubalcaba se envalentonan iniciando campañas propagandísticas de esas tales como #sinpreguntasnohaycobertura. Pues bien, los etarras tampoco iban a aceptar preguntas...¿qué coño hacían ustedes allí entonces? Habría que comenzar una iniciativa ciudadana que dijera #SinPeriodistasPancarterosTendríamosMejorDemocracia. Lo malo es que está tan podrida la profesión de periodismo que si lo hiciéramos y lo consiguiéramos, nos quedaríamos solos.
En los días previos a la venida de los reyes todos deberíamos ser un poco más niños. Aceptar imposibles sin pensarlo. Creer en la magia, la bondad y la recompensa inmerecida. Esperar reproches y aceptarlos sin rencor. Convertirnos en el niño que sabe que ha sido malo y aplaude la llegada de ese carbón, que aunque dulce, tiene ese regusto amargo que nos ayuda a reconocer los errores. Desesperar por la tardanza del amanecer. Confiar en que esta vez sí, pillaremos a quienes se encargan de repartir felicidad por el mundo. Irnos a la cama con la infantil ilusión de descubrir una brizna del heno que comen los camellos. Una miga del mantecado con el que los reyes repusieron fuerzas. Una pisada o un sonido revelador que nos alertará de su presencia. Impacientes por la aparición de esas mesas llenas de regalos. Por el sonido desgarrado del papel que se rompe para dar a luz unos juguetes que estrenar. Por escuchar cómo se llenan las casas de risas infantiles. Por descubrir miles de cajas vacías que hacía unos minutos contenían sueños, anhelos y deseos.

Yo lo echaba de menos. Hasta que me puse a vivir de nuevo estas fiestas a través de los ojos de un niño.
Hay veces en las que se pierde la perspectiva. Días en los que la confusión que generan las malas noticias, las malas perspectivas, las nulas esperanzas, emponzoñan el corazón de cualquiera de nosotros y nos empujan hacia un desánimo destructivo que se enfoca exclusivamente al contagio de nuestra rabia a todos cuantos se encuentran a alrededor. Lo que viene a ser un día malo.

Curiosamente suelen ser común denominador de esos días las malas noticias económicas. Micro-económicas, para ser exactos. Tanto como nuestros sueldos. Minúsculos. Anodinos. Insignificantes. Lo único que suele acabar con un día de esos a menudo es una sonrisa, una canción, un abrazo. ¿Que cómo lo se? Tengo familia, como ustedes, una radio también como ustedes y gente a mi alrededor. ¿Qué más se necesita? Ganas de superarlos. Nada más.

Así que les dejo con Toni Zenet para superar sus frustraciones.