Mostrando entradas con la etiqueta vivencias personales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vivencias personales. Mostrar todas las entradas
2 Comentarios

Hay que ver

Hay que ver lo tantísimo que necesité antaño de este lugar y lo poco que lo frecuento desde hace un año y medio pasado. Supongo que debe ser que comprendo que mi lugar en el mundo está ahora no aquí, debatiendo y litigando con  lectores y amigos, sino disfrutando con los alucinantes descubrimientos que continuamente sorprenden al renacuajo de la casa. No es que no tenga cosas que decir. Tampoco que me mi amor por el blog esté sucumbiendo a la rutina. Sencillamente creo que mi unopuntocerismo, por una vez al menos, ha derrotado al dospuntocerismo que durante estos últimos años se erigió en estandarte de un servidor. Y para muestra un botón;



¿Lo comprenden ahora?

Al parecer y siempre según las últimas noticias, tan sólo el siete por ciento de los ciudadanos de Crimea está optando por la restauración de la Constitución de 1992 y continuar siendo Ucranianos. El resto, un noventa y tres por ciento, parece que ha decidido ser Ruso. Mirando un poco más hacia occidente, encontramos dos regiones más que se debaten entre la secesión y la opción de redefinir los lazos que las unen a los países a los que pertenecen en estos momentos. Al mismo tiempo todas se distancian las unas de las otras evitando similitudes que las puedan perjudicar en sus pretensiones. Y aún así, las tres consultas dejan un regusto amargo en todo convencido demócrata que se precie.

Leía hace un rato en un tuit que ya no he conseguido recuperar, algo así como que todos los referendums que nos parecen ilegales son precisamente los que tienen más probabilidades de obtener un resultado contrario a nuestros intereses. Era el tuit un resumen magistral de las frustraciones a las que, en estos tiempos de consultas y referendums, se debe enfrentar todo buen demócrata que se precie. Una especie de opa hostil contra uno mismo que todos deberíamos realizarnos para descubrir hasta qué punto somos capaces de razonar las consignas que tan alegremente proclamamos cuando creemos que alguien nos escucha.

En un mundo en el que la democracia se escribe en mayúsculas, donde la ciudadanía participa directamente de la política, en la que la voz del pueblo puede ser escuchada en una urna, ¿Con qué autoridad moral se puede denegar una consulta?¿Y cómo justificar dicha negación ante un más que probable resultado contrario a nuestros intereses? En un mundo en el que el relativismo es funcional y suele estar orientado según el viento predominante del momento, oponerse a preguntar y aceptar su resultado pueden ser las opciones que maneje un mismo partido en función de por donde vea que le caen los tiros. Da igual sin uno es contrario o no a una consulta, siempre hay tiempo para recular y optar por el camino contrario.

Para un demócrata convencido es un poco más complicado. El laberinto jurisdiccional al que los políticos dirigen sus proclamas choca directamente con la simplicidad de una pregunta, ¿qué va antes, el deseo del pueblo o la ley que conforma su ordenamiento jurídico? Tanto los que proclaman el dominio de lo primero, como los que hacen lo propio con lo segundo, tienden a enzarzarse en guerras dialécticas sin fin. Conversaciones de besugos que no hacen más que fortalecer a los partidos políticos que instigan esas luchas ciudadanas y que han encontrado en las Redes Sociales un caldo de cultivo primigenio inigualable para expandir sus diatribas a una velocidad de vértigo.

Ante un referéndum que se propone fuera de la ley pero que acaba en un resultado como el Crimeano poco o nada puede hacer un ciudadano que ama la democracia. Tanto estar a favor de éste como en contra, traiciona alguno de sus principios elementales. Pero no es este un problema del ciudadano que se ve arrojado a los brazos de este dilema democrático, sino más bien de los políticos que cegados por el poder arrastran a sus compatriotas a encrucijadas que difícilmente pueden tener una salida democrática al uso.

Con toda la sabiduría que la humanidad ha atesorado a lo largo de los milenios que ha permanecido sobre la faz de la tierra, aún no ha sido capaz de responderse a la pregunta de qué fue primero, si el huevo o la gallina. Con una consulta formulada de forma ilegal pero que acabara con una victoria aplastante en favor de la independencia pasaría lo mismo. ¿Qué sería más democrático, aceptar el resultado u obviarlo por no ser conforme a la ley?

Piénsenlo. No es sencillo ser demócrata en estos tiempos de consultas y referéndums...
Hay muchas formas distintas de escapar de la realidad. Maneras de distanciarse del mundo sin abandonar la comodidad del sofá de casa, la silla que siempre espera frente a la mesa del ordenador, o la pantalla del smartphone de turno. Una de ellas se encuentra en Youtube. Uno puede quedar gratamente sorprendido por la cantidad de arte que se puede esconder tras ese título y descubrir la ingente cantidad de seres humanos capaces de hacer cosas extraordinarias desde el más absoluto anonimato derrochando arte a capazos desde la llaneza del simple disfrute.

Puede uno sentirse tentado a creer que el mundo gira en torno al periodismo, la política o la economía y de golpe y porrazo encontrarse, a causa de un artículo de Ruben para Jotdown, navegando de deleite en deleite mientras olvida qué era lo que estaba decidido a escribir en su blog. Reencontrarse con la belleza del mundo a golpe de acorde y reconocer que hay mucho más por vivir fuera de las cuatro paredes que forman este cuarto desde el que les escribo.

Tiendo a creer que el mundo es política porque es ésta la que nos impone los impuestos, las derivas sociológicas de turno y la que condiciona el devenir de los ciudadanos en última instancia. Y así es en cierto modo. La política lo es todo. Pero es misión de cada uno de nosotros el encontrar los recovecos, las grietas, las esperanzas. El mundo, antaño gigantesco e inmenso, se ha tornado en simple aldea por la gracia de Internet. Aprovechémoslo mientras podamos.

No ha sido para mi un problema olvidar eso que quería escribir. Creo, más bien, que ha sido un placer.
Hay ocasiones en las que uno no es consciente del tiempo que vive. Veces en las que la realidad, o el cambio, le pasan a uno desapercibidos a causa de la trepidante velocidad con las que ocurren las cosas. Todas las cosas. No creo que esta sensación mía sea sólo culpa de las redes sociales. La incipiente calvicie que me amenaza es también un claro marcador del tiempo que he vivido. Un testigo impertinente que declara a los cuatro vientos que ya no soy un mozalbete. Y esa edad que subyace tras la caída de mi pelo impone en mi forma de ver el mundo un sosiego que se convierte en un lastre que me ancla a la lentitud que el día a día niega. Vivo infinitamente más rápido que mis padres, pero percibo que me vuelvo lento cuando me comparo con el mundo de ahora.

Hay veces en las que uno se encuentra noticias por ahí que creyó que nunca leería. Situaciones que nunca pensó que llegaría a ver. Avances y modernizaciones que uno nunca creyó que llegaría a contemplar y que convierten una noticia del montón en una clara señal de avance en la humanidad que dista mucho de ser enaltecido por quienes se dedican a informar. Lo del Papa Francisco y la pareja casada por lo civil que han llevado a su hijo a bautizar son la causa de mi reflexión.

Si lo piensan detenidamente, si se dejan de prejuicios y ven el mundo tal cual lo debería ver alguien que ha sido llamado por Dios para la meditación, el acto que ha realizado el papa es extraordinario. Una institución tan monstruosamente gigantesca y anclada en el pasado ha sido capaz de cambiar miles de dogmas con la sola llegada de un papa. Y esos hombres que son capaces de hacer semejantes gestas como si tal cosa, son los que acaban siendo llamados a perdurar en la retina de quienes coincidieron con ellos en vida. Son los que dan forma al avance de la humanidad. Con o sin religión, el que facilita la vida de las personas, es mil veces más útil al ser humano que quien se limita a consentirla.

Para muchos de ustedes esta noticia no pasará de ser una anécdota. Para mi no. Me hace reflexionar sobre las cosas que damos por sobre entendidas. Esas que nos parecen inamovibles. Las que damos por sentado que perdurarán hasta el fin de los tiempos. A mi entender la religión católica tiene todos los mimbres necesarios para existir hasta la llegada del fin del mundo. Solo le quedaba una tarea que hacer y que el papa ha comenzado; modernizarse. Y eso es algo que nunca creí que llegarían a contemplar estos ojitos míos...
2 Comentarios

Balsámico

Escribir en el blog ha acabado convirtiéndose en un paño caliente con el que enfriar los humos perniciosos que la actualidad, la realidad, y las compañías que uno se encuentra por el camino, le provocan en el día a día. Una especie de huida hacia delante que implica no dar la espalda a los problemas. Y aunque es cierto que cada día es más complicado decidir sobre qué hablar, no lo es menos que es balsámico para quien por aquí aporrea el teclado. Tal vez sea por ello que uno ama tanto a este rincón.

Les dejo con música...


En los días previos a la venida de los reyes todos deberíamos ser un poco más niños. Aceptar imposibles sin pensarlo. Creer en la magia, la bondad y la recompensa inmerecida. Esperar reproches y aceptarlos sin rencor. Convertirnos en el niño que sabe que ha sido malo y aplaude la llegada de ese carbón, que aunque dulce, tiene ese regusto amargo que nos ayuda a reconocer los errores. Desesperar por la tardanza del amanecer. Confiar en que esta vez sí, pillaremos a quienes se encargan de repartir felicidad por el mundo. Irnos a la cama con la infantil ilusión de descubrir una brizna del heno que comen los camellos. Una miga del mantecado con el que los reyes repusieron fuerzas. Una pisada o un sonido revelador que nos alertará de su presencia. Impacientes por la aparición de esas mesas llenas de regalos. Por el sonido desgarrado del papel que se rompe para dar a luz unos juguetes que estrenar. Por escuchar cómo se llenan las casas de risas infantiles. Por descubrir miles de cajas vacías que hacía unos minutos contenían sueños, anhelos y deseos.

Yo lo echaba de menos. Hasta que me puse a vivir de nuevo estas fiestas a través de los ojos de un niño.
Hay veces en las que se pierde la perspectiva. Días en los que la confusión que generan las malas noticias, las malas perspectivas, las nulas esperanzas, emponzoñan el corazón de cualquiera de nosotros y nos empujan hacia un desánimo destructivo que se enfoca exclusivamente al contagio de nuestra rabia a todos cuantos se encuentran a alrededor. Lo que viene a ser un día malo.

Curiosamente suelen ser común denominador de esos días las malas noticias económicas. Micro-económicas, para ser exactos. Tanto como nuestros sueldos. Minúsculos. Anodinos. Insignificantes. Lo único que suele acabar con un día de esos a menudo es una sonrisa, una canción, un abrazo. ¿Que cómo lo se? Tengo familia, como ustedes, una radio también como ustedes y gente a mi alrededor. ¿Qué más se necesita? Ganas de superarlos. Nada más.

Así que les dejo con Toni Zenet para superar sus frustraciones.


2 Comentarios

Maldita crisis

Un año negro es lo que la lectura diaria de las noticias nos puede ayudar a prever. En lo que han durado dos latidos del corazón del feed de Europa Press han aflorado sendos dos soplidos, Isofotón y Edesa, que conforman la realidad de un país roto por la inseguridad laboral. Yo mismo lo he vivido en mis carnes este año otra vez. No quedarme sin trabajo, pero si convivir con la incertidumbre de saber si vas a cobrar al mes siguiente. Es desolador saberse tan desprotegido. Y terrible comprobar que no se es el único que padece de ese mal. Ni siquiera entre la familia.

Cada vez más, esas Navidades llenas de ojos iluminados por la ilusión de unos niños que esperan ansiosos sus juguetes pierde fuelle para decaer en otras en las que esos mismos niños maduran prematuramente, se convierten a pasos agigantados en adultos y pierden la oportunidad de experimentar la fantasía de un mundo sin preocupaciones. Lo veo a diario. Niños que hablan del dinero como si de bob esponja se tratara. Niños que en su prematura madurez resuelven categóricamente que no necesitan de regalos para sentirse especiales. Y a su lado padres, que rotos por el dolor, agradecen esas frases con unas lágrimas que no logran eliminar la rabia de saber que con ellas se esfuma la poca magia navideña que quedaba en sus hogares.

Supongo que es la crisis. Pero maldita sea la crisis.

Cada año servidor, y seguramente todos ustedes coincidan conmigo en esto, se ve apabullado por decenas de artículos que redundan en la no celebración de las fiestas navideñas. Al menos, no en su vertiente religiosa. Como las lluvias en Abril, nunca son fortuitos nuestros encuentros con dichos sermones, aunque no por ello dejan de ser desconcertantes. Son reiterativos en cuestiones que para nuestros adentros ya tenemos claras. Difícilmente vamos a cambiar de opinión al respecto. Poco más que lo único que se puede conseguir con dichas redacciones es un encontronazo con los lectores. Una parte al menos. Incluidos, y me pongo en primera fila, quienes sin tener a día de hoy muy claro si lo son o no, carecemos de la necesidad de avasallar a quienes sí lo son por convicción. Por supuesto tampoco respecto de los del otro lado.

Cada año servidor se empeña en hacerse las mismas preguntas. Y cada año, servidor como la inmensa mayoría de la humanidad, continúa sin encontrar su particular respuesta. Tal vez sea ello porque la respuesta, dentro de la simplicidad del concepto, constituya uno de los más complejos enigmas a los que la humanidad se enfrentará jamás. Tanto si existe Dios como si no, el hombre vivirá del mismo modo. Pero cuando la llegada de la muerte está próxima las cosas cambian. Ya no son tan seguras las certezas. Ya no hay consuelo en el ateísmo. 

Supongo que para quienes no crean, los momentos anteriores al fenecimiento deben ser los más angustiosos de toda su vida. Y aunque consigan llegar con la convicción intacta hasta el final, hasta esos segundos antes de saberse cercanos a la respuesta de la mayor de las preguntas de la humanidad, la sapiencia de que nunca podrán volver para contarlo, con un Dios de por medio o sin él, debe ser enloquecedora. Vivir a sabiendas de que la única meta es un final tan concreto e indefectiblemente invariable es posible. Enfrentarse a ese final sin anhelar haber estado equivocado toda esa vida, improbable. Y ahí creo que tiene ganada la batalla la Fe.

A mi particularmente estas preguntas no han hecho más que complicarme las respuestas. Yo llegué a la conclusión, viendo la complejidad del universo que nos rodea y atendiendo a la evolución de las especies del único planeta con vida que conocemos, de que moriría sin saber a ciencia cierta cual era la respuesta verdadera. Ni siquiera la llegada de un platillo volante a la Tierra me serviría para acotar las variables de dicho pensamiento, sino más bien las contrario, las multiplicaría. Si fuimos creados por alienígenas, ¿quién los creó a ellos? Y si no lo fuimos, ¿cómo es que los escarabajos siguen siendo escarabajos tras tantos millones de años de existencia? 

En esta segunda pregunta, para los que no sepan leer entre líneas, va implícita una falla en la teoría de la evolución. La no existencia de extraterrestres no implica que Dios exista. Podríamos ser también la primera civilización del universo. Por poder podríamos suponerlo, e incluso nadie nos lo podría negar. Y así se podría explicar que no encontráramos vida y seguir manteniendo que Dios no existe. Seguiríamos esperando respuestas de una teoría. 

Como teoría, la del Big Bang es la más extendida para explicar el universo. Ni siquiera la Iglesia la desecha puesto que tiene margen para poner a Dios en el centro de la creación. Al fin y al cabo alguien debió de hacer petar aquella molécula para que explosionara el universo entero en expansión. Más complicado es añadir el Big Crunch. Big Bang y Big Crunch alternos. Uno después del otro en una secuencia infinita. Y después de aseverar eso, una sencilla pregunta que seguiría sin respuesta ¿Cuantas veces habría ocurrido cada uno de ellos a día de hoy? Otro callejón sin salida. Con o sin teorías las respuestas nunca serán claras.

Supongo que tanto los que creen como los que no, sencillamente han puesto un fin distinto en sus prioridades. Vivir sin miedo ni ataduras esperando ser consecuentes en su último aliento. O vivir esperando la eternidad rigiéndose por lo que un libro dice. Ambos dos pensamientos esperan sin remedio el encontronazo con la verdad. Una verdad de la que nunca seremos partícipes. Una verdad que acabaremos por desentrañar tanto si queremos como si no. 

Personalmente creo que es mejor vivir y dejar vivir. Intentar hacer las cosas bien sin pensar demasiado en la muerte. Olvidarla hasta que su llegada sea irremediable. Enfrentarla y decidir en el último segundo según nuestra experiencia personal. ¿Para qué entonces malgastar tiempo en atacar a unos y otros? Yo prefiero abstenerme de leerlos. Me quedo con mis pensamientos, mis certezas y todas las dudas que las preguntas me permiten abarcar.

Ayer coincidí con un conocido político de mi ciudad en un centro comercial de un pueblo vecino. El susodicho no es ni más ni menos que el tantas veces criticado por mi Josep Bermúdez. ¿Y saben una cosa? Es un tío normal. Hasta se sorprendió de que lo conociera siendo como es que pone su imagen al servicio de su partido y su fotografía en su blog, Facebook y twitter. Un tío normal que ayer iba hacia una reunión en pleno Sábado tarde para tratar un asunto relacionado con el agua. Eso dijo. Un Sábado por la tarde.

Este hecho hizo que viera desde otro prisma a los políticos y me empezara a convencer de que en realidad la culpa de que sintamos a los políticos como uno de los principales problemas de la ciudadanía reside únicamente en su incapacidad manifiesta para hacer llegar a ésta su sacrificada labor. Han leído bien, sacrificada. Ya me dirán qué calificativo debería tener el hecho de trabajar un Sábado por la tarde si no es ese…

A mi las ideas de Josep Bermúdez no me gustan. Tampoco su formación política y la reminiscencia de la que nace. Pero una vez apartadas de la foto fija todas estas cuestiones y con la sola imagen del ciudadano llano que se nos presenta como político que desea nuestro voto, deberíamos de confesar que hasta el más contrario a nuestras convicciones podría llegar a caernos bien. Al fin y al cabo no es más que otro ser humano que ha decidido dejar de esconderse tras una urna cada cuatro años y pasar a la primera línea a sabiendas de que de ahora en adelante cualquier cosa que haga o diga será de dominio público. Si eso es así, y lo es al menos por mi parte, ¿por qué tanta inquina, desafección y odio hacia otras personas que sólo han decidido dedicarse al servicio público?

Pues por la incapacidad de estos de enseñarnos su labor al resto de ciudadanos. Por su corporativismo a la hora de defenderse de casos de corrupción. Su empecinamiento en criticar cualquier cosa que venga del bando contrario. O ignorar deliberadamente las cosas buenas que les puedan llegar desde él. Cada vez que omiten un acuerdo germina más discordia ciudadana. Con cada media verdad la desconfianza. Con cada golpe de falso victimismo el odio hacia su labor.

Miramos a los bancos y los culpamos de la crisis. Miramos a los políticos y también. Los bancos no van a cambiar. Así que puede que la pelota del cambio esté situada en el tejado de los segundos. Si consiguen que confiemos en ellos, que entendamos su labor, que apreciemos su sacrificio, tal vez las cosas comiencen a cambiar para mejor.

Es cierto, hoy he hablado de un concejal de pueblo. Pero recuerden que es uno que está en las antípodas de mi ideario. Dirán que es sencillo hacer que alguien tan contrario a tus ideas te parezca persona cuando sabes que puedes coincidir con él cualquier día en una tienda de barrio. Es cierto. Pero es desde ahí y a partir de ellos desde donde está la cura para el mal de los políticos. A los de arriba se los pone desde abajo. Ni Rajoy, ni Rubalcaba, ni Cayo Lara, ni Rosa Diez nacieron siendo líderes sociales. También ellos comenzaron su andadura política como miembros de base y fueron ciudadanos como Josep Bermúdez quienes los auparon en sus respectivos partidos hasta el lugar en el que se encuentran.

Todos sabemos que el problema de los políticos, si somos sinceros con nosotros mismos, reside en que deben muchos favores a ciudadanos como Josep. Cuanto más alto se llega mayor es el coste que tienen los apoyos. Y cuanto mayor es el poder al que se aspira superior el lobbies del que se saben deudores. Ahí reside su problema. Sus deudas particulares. Las deudas que al final siempre acabamos pagando los ciudadanos.

Es curioso ver cómo las grandes preguntas que han intrigado a la humanidad durante milenios nos siguen hoy acechando a la vuelta de la esquina, no sólo inquiriendo a los grandes pensadores de nuestro tiempo, sino también a los vulgares ciudadanos que, apostados en las áreas de servicio mientras hacemos el descanso del tiempo de conducción en el caso de los conductores profesionales, nos vemos asaltados por otros ciudadanos cuya, parece ser, única misión en esta vida es la de predicar su credo particular.

Verán. A mi en la áreas de descanso siempre me habían asaltado los comerciales de Orbita. Ya saben, esos de los seguros de carnet de conducir. Pues bien, hace un par de semanas los que vinieron a hacerme la visita de rigor fueron unos testigos de Jehová. Y me hicieron pensar, no porque me convencieran, sino más bien porque me reafirmaron en mis convicciones. He de decir también que me sorprendieron. No alcanzo a comprender qué razonamiento los llevó a pensar que un área de descanso sería un buen lugar para convertir a otros ciudadanos a su credo.

Mi vida colegial transcurrió en un colegio de curas, en concreto en el San José de Calasanz de Algemesí. Lo curioso, o al menos lo que me quedó grabado a sangre y fuego en mi pequeña y neófita mente, es que aunque uno se haya cansado de escuchar pestes de los presbíteros, en opinión de un servidor de ustedes y basando ésta en la propia experiencia, no hay refrán más apropiado para hablar de los mismos que aquel que reza ; “de todo hay en la viña del señor”.

Al parecer yo fui agraciado con la cara de la moneda en lo referente a los sacerdotes. Los que tuve como profesores fueron excepcionales. Y tampoco me vi sometido al lavado de cerebro que tanto se les achaca. Por poner un ejemplo los Padres que nos daban dicha asignatura debieron poner un empeño supino en la historia además de en cantar alabanzas y enseñarnos el credo, el padre nuestro y demás oraciones. Lo digo porque si bien es cierto que recuerdo los días en los que aprendíamos el ave maría y las visitas a la Iglesia en Miércoles de ceniza, también lo es que me quedaron grabados a fuego aquellos en los que el Padre Jaime, el Padre Arroyo o el propio Padre Llopis se desgañitaron enseñándonos Historia de las Religiones.

De aquellas enseñanzas me quedaron claras unas cuantas ideas maestras sobre las que he estructurado mi pensamiento. Los curas, aún siendo Católicos Apostólico-Romanos, se empecinaron en que nos quedara claro un punto fundamental; el Dios del Islam, el de los Cristianos y el de los Judíos es el mismo. Con diferentes nombres, cierto, pero el mismo al fin y al cabo. La única diferencia entre las tres religiones estriba en la aceptación o no de según que profetas como mesías.

Por ejemplo, los Judíos no reconocen a Jesús como Mesías, como sí hicimos los Cristianos, y aún esperan a aquel que los ha de salvar de su yugo. Los Cristianos, como he dicho, vimos en Jesús al mesías redentor y a partir de ahí fundamos nuestra Iglesia. Los que profesan la religión Islámica dejaron correr los años y encontraron en el 622 que quien sí debía ser reconocido como mesías era Mahoma. En base a estas tres aceptaciones, la misma religión ha derivado en tres grandes religiones diferenciadas que por obra y gracia de los hombres ha degenerado en guerras, negaciones y genocidios varios. Así las cosas, hemos de reconocer que posicionarse como anti-islamismas, anti-judío o ant-cristiano es poco menos que convertirse en un analfabeto funcional ya que en cualquier caso lo que hacemos es atacar a nuestro propio Dios.

Pero…¿y los que no creemos en Iglesias? Aquí es donde entra la segunda de las grandes enseñanzas con las que me bendijeron aquellos curas. Recuerdo un día en el que el Padre Arroyo nos hablaba sobre la misericordia de Dios y que dramáticamente roló a una pregunta retórica que me haría pensar; ¿si Dios es misericordioso, cómo podría condenar a un judío por su credo si por contra había sido un hombre bondadoso en vida? La respuesta la dejó en suspenso. Supongo que ni siquiera él se atrevía a vocalizarla. A mi entender lo que nos dejó caer como si nada era que daba igual a qué Dios rezara cualquiera, la misericordia se ganaba en los buenos actos y no en los credos.

Supongo que él mismo haría extensible esto a cualquier religión que existe en el mundo. La propia película de “la vida de Pi” ahonda en este tema y nos ofrece una perspectiva muy cercana a la que nos intentaban proponer aquellos curas en la niñez; las religiones no son más que diferentes formas de contar la historia de un Dios. Y Dios mismo no es más que una invención para explicar lo inexplicable (esto es un agregado mío). No digo que no exista ningún Dios, sólo que puede que no sea ni siquiera un ser como tal. Puede que la propia existencia de vida sea Dios en sí mismo.

Los curas me enseñaron muchas cosas. Una de ellas fue esta; pensar por mi mismo.

ESPAÑA HUELGA GENERAL

Supongo que ustedes como yo estarán cansados de leer interpretaciones de la pasada huelga general. Supongo, creo de nuevo, que a ninguno de ustedes les habrá cambiado el sentido del voto, que en clave electoral, estaría en juego para los partidos. Y supongo, creo por tercera vez, que es por eso por lo que el mensaje de los partidos políticos cae en un pozo sin fondo al no ser capaces de hacer una lectura similar a la que las dos afirmaciones primeras aseveran.

Hay muchas cosas en las que los partidos políticos se equivocan y una de ellas, la primordial si me lo permiten, es que no saben interpretar lo que la sociedad en las calles les cuenta y pide.

Hagamos un ejercicio supositorio como ejemplo: yo no votaré nunca al PSOE mientras éste no sea capaz de definirse territorialmente en un sentido que me agrade. Del mismo modo, votaré al que más se aproxime a lo que a mi me gustaría que sucediese. Y sabiendo como ya se que los dos, PP y PSOE, tienen la misma política económica en la cartera y el resto de los partidos se debaten entre el populismo y la farándula, el rasgo que definirá mi voto será siempre el territorial. Por tanto, estando este tema como está con Cataluña por en medio y el País Vasco en el horizonte, es evidente que éste no se decantará probablemente hacia la izquierda.

Sin embargo llega el día de la manifestación y los convocantes se sitúan con la calculadora incluyéndome entre los que están en contra de las políticas del gobierno. Aciertan. Pero acto seguido se atreven a interpretar mi presencia allí como un claro apoyo a sus propias posiciones. Craso error. Más cuando quien aquí escribe recuerda que durante cuatro años ellos no hicieron nada para cambiar el destino invariable de la deriva económica del país cuando éste iba bien, y se dedicaron a negar la evidencia cuando nuestro Titanic económico particular tropezaba torpemente contra el cubito de hielo que lo haría hundirse sin remedio en el agujero económico-social en que se encuentra en estos momentos.ç

Así las cosas habría que recordar a los políticos que una cosa es que uno se manifieste en contra de unas políticas y otra muy distinta que decida ofrecer su voto automáticamente al contrario. Se puede estar en contra de una política económica y continuar viendo a los que están en frente como los causantes de la mayoría de los problemas que padecemos. Y eso deja una lectura más que clara de lo que servidor piensa que pasó el día catorce; enfadado y desengañado sí, pero no cambio mi voto.

Pd: Yo perdí mi empleo cuando estaba Zapatero en el poder. Tuve que sufrir la complicidad de sindicatos y gobierno para quitar hierro al asunto. Viví con estupefacción cómo el PP se negaba a apoyar aquella huelga a Jose Luís. Esta semana he visto cómo, los que ayer quitaban hierro hoy ven el apocalipsis económico en ciernes. Los que no se manifestaron por mi, me piden que lo haga ahora por ellos. Para secundar sus políticas. Las mismas que nos trajeron aquí.

Pd2: No señores, ustedes me dejaron abandonado hace cuatro años a mi suerte y sólo mi determinación y la combinación con un tanto de suerte buscada lograron que saliera del agujero en que me encontraba. Si entonces no me defendieron, no pretendan que los apoye ahora. Las mismas personas de antes son las que hoy están en el paro. Las mismas a las que ayer negaron el derecho a estar enfadados y excusaron con chorradas. Esto es que lo ustedes han conseguido con su servilismo y trilerismo politiquero.

Pd3: Ahora no lloren ni llamen borregos a quienes ya nunca volverán a tragarse sus mentiras.

desesperación

De unos meses a esta parte el blog, éste que con tanto ahínco durante años me empeñé en mantener actualizado a diario, ha ido muriendo de inanición sin que nada pudiera hacer al respecto. La llegada de Alex, el trabajo enfermizo de camionero que ocupa todas las horas del día y la semana, e incluso el hartazgo de quien desolado ve la decadencia política en que nos hemos visto envueltos sin comerlo ni beberlo, han contribuido a que la efervescencia con que me enfrentaba a la pantalla en blanco de mi Windows Live Writter haya ido desapareciendo sin remedio.

La mesa del despacho que siempre intenté mantener impecablemente ordenada para que me ayudara a, y perdonen la redundancia, reordenar mis pensamientos antes de plasmarlos en los posts, parece hoy la viva imagen de una revolución fecal. La mesa que antaño con tanto cariño intenté mantener impoluta para convertirla en el altar desde el que escribirles las homilías que a diario salían de la cabeza de este pobre demente al que algunos de ustedes han incluso accedido a considerar como amigo o conocido, hoy se ha convertido en un vertedero leal de los “después lo guardaré” y los “déjalo ahí”. He transformado lo que un día fue canalizador de pensamientos en una simple papelera con patas.

Supongo que mucha de la culpa de que esto haya pasado la tiene el desasosiego que servidor siente cada vez que tiene que plantearse hablar de lo que últimamente sucede en este caprichoso mundo. La imagen que la política exporta por doquier y que impregna cualquier texto que tenga a bien formarse dentro de nuestras cabezas para convertirlo en una simple defecación hecha letra. La posibilidad, la terrible posibilidad, de que finalmente todo aquello que pensemos no sea más que la asunción de unas ideas cocinadas en las cavernas de los aparatos políticos, que se creen para que nosotros, pobres e ignorantes mortales, las hagamos propias desdeñando lo anterior aún sabiendo que es posible que así sea, complican todavía más el asunto.

Verán, en un complicado ejercicio de introspección, he descubierto que muchas de las cosas que pensé y escribí en éste blog hace no mucho tiempo eran sandeces nacidas de la ignorancia más absoluta. Recuerdo cuando hablamos de la dación en pago y de cómo yo creía que eso no era justo para los bancos. ¡Justo para los bancos! ¡Que guantazo me merecí cuando escribí aquellas cosas! O de cómo era bueno que ganara el PP para que los mercados, que en aquellos días eran para algunos ya tiburones carroñeros y que en mi ceguera partidista continuaban siendo sencillos inversores en bolsa, acabaran asumiendo que la llegada del nuevo gobierno contribuiría de forma definitiva a esclarecer el futuro económico del país.

He cometido tantos errores al escribir en este blog y son tan evidentes hoy en día. ¿De qué vale una opinión si ésta se basa en dimes y diretes? ¿De qué, si no está nacida del conocimiento, sino más bien de la asunción de ideas ajenas al propio autor? Quedarse huérfano de partido político es tal vez una de las peores cosas que le pueden suceder a un demócrata. Si además éste era un férreo defensor del voto la cosa se complica sobremanera. Necesitar un partido político en el que depositar tu confianza y tener que observar como zozobran todos y cada uno de los que a día de hoy están en primera línea, bien porque sus anquilosados aparatos reniegan de la renovación ideológica, bien porque la renovación se acelera de forma exagerada expulsando a sus posibles votantes al ostracismo de los que se sientes ignorados, convierte a la peor de las pesadillas que podamos recordar en un bello y empalagoso cuento de hadas.

Si además a nuestro alrededor quienes en teoría deberían ser el azote y contrapeso del poder político, los periodistas, acaban por sucumbir al alineamiento ideológico, a la pinza mental sectaria y al simple vocerismo desaforado que repite hasta la saciedad las bondades de unos y calla o medio silencia sus fallas, las ganas, la necesidad y la convicción necesarias para enfrentarse a la página en blanco que al fin y al cabo son las que dan vida a éste blog, ven mermadas sus fuerzas y acaban condenadas al olvido dando la puntilla al mismo por inanición.

Esperemos que ello no pase aquí. Yo lo intentaré al menos. Un saludo.

Pocas cosas en esta vida han tenido en mi un impacto mayor que el que me produjo la tragedia de la Pantanada de Tous. Aquel 20 de Octubre, con mis seis años recién cumplidos, mi vida, la de los míos y las de todos los que se encontraban a  mi alrededor en un ámbito de cuarenta kilómetros a la redonda, cambiaron para siempre. Fue un año que marcó mi vida y la de los míos. Fue nuestro segundo nacimiento.

Aquel día de Reyes del año 1982, a mis cinco años y acompañado de mi hermanito Carlos de tres, decidimos hacer comprender a nuestros padres que ya éramos lo suficientemente mayores como para saber que los Reyes Magos eran ellos. Así, prestos y dispuestos, esperamos sin hacer ruido a que comenzaran a subir los juguetes por la escalera de la casa situada en el número 6 de la calle Dos de Mayo, cerca de la placeta del Cid. Esperamos pacientes a que iniciaran la última subida esperanzados, porqué no decirlo, por la idea de estar equivocados y ver aparecer finalmente a Melchor, Gaspar y Baltasar. Y los vimos, caro que sí, pero en las personas de Antonio y Mari Carmen. Fue la última noche que el comedor de casa estuvo repleto de juguetes, aunque aún no lo sabíamos, y les dimos la mayor de las sorpresas a nuestros padres. El comedor rebosaba a las diez de la noche de regalos por abrir, aunque alguno se dejaba intuir como un fabuloso coche de carreras a pedales. Había también coches de policía a pilas, ropa, fichas para montar estructuras y decenas de cosas más que inundaban un comedor repleto hasta los topes de regalos y felicidad.

Porqué no negarlo, en aquellos años mis padres disfrutaban de la vida plena que ofrece un trabajo que marchaba bien. Regentaban en aquel año, el 82, el bar de La Calandria, junto a la gasolinera que compartía nombre sitos ambos dos al final del Carrer del País Valencià. No recuerdo si en aquel entonces ya se llamaba así, pero así es como se llama ahora. Era un bar familiar que se llenaba a diario y que permitía a nuestros padres, en aquellos años de precariedad, llenar el salón de casa de regalos para sus hijos. Disfrutábamos de días de playa cuando el bar cerraba un Domingo y comíamos paellas de chiringuito mientras nuestro Seat 1430 Familiar esperaba tranquilamente aparcado al lado de las dunas de arena de Cullera a que nosotros disfrutásemos del día.

En aquellos años en casa teníamos una tele en blanco y negro que estaba conectada a un transformador independiente. Recuerdo que al encenderla lo primero que se veía era un punto negro en el centro de la pantalla que poco a poco iba haciéndose más y más grande hasta que la imagen aparecía. Eran los años en los que sólo tenían televisión en color los más pudientes. Y para nosotros, críos de cinco y tres años respectivamente, algo inimaginable y por tanto innecesario. Pues bien, en aquel año también se celebró en España el mundial de Fútbol y mi padre decidió hacer un gasto extra para poner en el bar una fabulosa Espectrum a color que situó en una de las esquinas del establecimiento, en un altillo fabricado expresamente para ella y gracias a la cual el bar tuvo aún más clientela en aquellos meses. A nosotros, en aquellos años, ni nos importó ni vimos necesidad de demandarla para casa. Teníamos todo lo que un crío necesita, juguetes, una plaza en la que jugar tranquilos y unos padres que nos querían con todas sus fuerzas.

Recuerdo también, para que se hagan una idea perfecta de la fotografía personal que intento plasmarles de aquel año 1982, que el lugar en que vivía estaba cerca de una plaza ya mentada, la de Cid Campeador, en la que convergían todas las tardes decenas de niños de entre los tres y los trece o catorce años para, en un maremagnum de griterío y disfrute sin parangón, pasar las tardes sin preocupación alguna. La plaza estaba marcada por tres árboles gigantescos, supongo que para nuestra percepción, de los que de uno colgaba un botijo que los vecinos del lugar se encargaban de llenar constantemente. Estaba colgado de forma que cualquiera de los niños mayores pudiera bajarlo para ofrecérselo a uno de los menores y sentados en los bancos los abuelos de todos hacían guardia mientras disfrutábamos de nuestros juegos sin temor alguno.

Recuerdo de aquellos años las temporadas de juegos, que no eran otra cosa que el acuerdo de jugar todos los críos con un mismo tipo de juguete a la vez. Unas veces lo hacíamos a las carreras de coches utilizando como pista una línea blanca en forma de triángulo con esquinas redondeadas que utilizábamos por tandas. Otras hacíamos estragos en las jardineras porque decidíamos que tocaba jugar con las canicas, y en concreto al guas, que no era otra cosa que jugar a colar las susodichas en un agujero excavado exprofeso para aquel día. Otros al monopatín, al fútbol y en las noches de verano con los tirachinas de pinzas de tender y gomas elásticas para matar lagartijas. Me pasaría el día contando los juegos, pero pararé aquí.

En aquellos años la verdad es que todos los vecinos conocían a todos los niños del lugar. Recuerdo que el mero echo de cambiar de calle para jugar ya era toda una odisea puesto que tanto desde los balcones como desde las sillas apostadas a las puertas de casa en que se reunían los abuelos se nos reprendía por no estar donde se suponía que debíamos estar y se nos amenazaba con decírselo a nuestros padres sin no cejábamos en el empeño de estar allí al instante. Ni qué decir tiene que hacíamos caso a la primera. Pero claro es que eran otros tiempo. Recuerdo que en aquella época antes de entrar en casa tenía que plantarme en la puerta y gritar a voz en pecho para que se me escuchase un “Ave María Purísima”, que para los efectos era el “hola” de hoy en día, y al que tenía que esperar un “Sin pecado concebida” que me permitiera cruzar el umbral de la puerta. Eran tiempos en los que cuando te cruzabas con cualquiera por la calle estabas en la obligación respetuosa de ofrecerle un “Bon día” o buenos días según quien fuese. Tiempos en los que a cualquiera que te sacara dos palmos debías llamarlo respetuosamente señor y en los que no se concebía contestación alguna a cualquier mayor que por la razón que fuese te reprendiera en la calle por algo que hubieses hecho. Años, en definitiva, en los que nos educaban no sólo padres y profesores, sino también vecinos y amigos.

Sí, recuerdo aquellos años de esplendor en los que mis hermanos y yo gozamos de una infancia perfecta, sin limitaciones y amparada en una seguridad económica que sólo una tragedia como la referida de la Pantaná podían truncar de alguna manera. Aquel día veinte de Octubre recuerdo que cogí por primera ven en mi vida a mi hermanita Mari de un año en brazos. Me sentí como el héroe de una película  protegiéndola de cualquier mal. Recuerdo asomarnos al balcón y ver pasar neveras, coches y demás objetos arrastrados por el agua calle abajo hacia nuestro colegio, Los Padres. Recuerdo el horror dibujado en las caras de los vecinos también asomados a los balcones, la desazón y el miedo reflejado en sus ojos. De la noche anterior, la del diecinueve al veinte, recuerdo angustiado el golpeteo constante de la lluvia en el tejado de casa. Para un crío como yo era como revivir el diluvio universal de las Sagradas Escrituras. Supongo que estaban igual los mayores. También recuerdo las idas y venidas de mi padre a las escaleras y ese tenebroso cantineo en que se convirtió el conteo constante del número de escalones que el agua abrazaba, dos, tres, cuatro, siete, diez…creo que llego hasta doce.

pantana82

Calle dos de Mayo tras la pantanada. Al fondo está la citada plaza del Cid y tres o cuatro casas antes de ella el número 6 que es donde yo vivía.

Cuando todo acabó salimos a la calle, no recuerdo qué día fue exactamente, pero sí recuerdo toneladas de escombros por las calles y una cola inmensa hacia unos camiones que se habían situado en nuestra placeta del Cid para repartir agua, comida y mantas para los vecinos que lo habían perdido todo. Mis padres perdieron el negocio ya que se encontraba en uno de los lugares más profundos de la ciudad y necesitaron de créditos para reflotarlo que definitivamente marcaron el resto de sus vidas. Desde aquel año he dado gracias a Dios por traer al mundo al Señor Claudio, que desde su pequeña tienda de toda la vida, fió a decenas de familias durante años pera que no pasaran hambre ninguna. Un pobre hombre que se desvivió mientras tuvo su pequeña tienda para ofrecer a sus vecinos una salida airosa y honrosa a la tragedia que un pantano les había infligido. Aún hoy de vez en cuando lo veo por la calle y me paro a hablar con él. Y siempre le he recordado el que no pasáramos hambre en aquellos años, lo mucho que mis padres han estado agradecidos a él…y porqué no decirlo, lo felices que nos hacía el que nos regalara de vez en cuando una chocolatina tan solo porque le venía en gana.

Los juegos en la plaza continuaron después de la pantaná como si ésta no hubiese ocurrido jamás. La vida siguió más ruda que antes, pero siguió que era lo importante. La comodidad de nuestras vidas se quebró. No volvimos al chiringuito de la playa a comer paella nunca más. Nuestro 1430 familiar acabó bajo el agua para los eternos y nunca más volvió a estar abarrotado el comedor en la noche de Reyes con los regalos de nuestros padres. Es más, la abuela, durante los siguientes tres años nos regaló el mismo balón amarillo de reglamento. Un balón que año tras año desaparecía a los pocos días de habernos sido regalado para volver de nuevo en esa misma noche. Hasta ahí llegó la necesidad y el ingenio de unos padres y abuelos para que las navidades, en lo posible, continuaran siendo algo bonito que nos infundiera alegría para el resto del año.

El coche a pedales de aquel año se lo llevó la riada, al tiempo que se llevaba cosas muchísimo más importantes para otras muchísimas personas. La riada, la pantanada del ochenta y dos, fue una bofetada en la cara de miles de personas que pasaron a la pobreza más absoluta y de la que pudieron reponerse gracias a las ayudas de los pueblos vecinos que mandaron camiones cargados de alimentos para aquellos seres humanos a los que una negligencia sumió en el caos y la desesperación. Y eso es lo que se recuerda en el día de hoy, la solidaridad y la ayuda que en momentos de necesidad el ser humano es capaz de prestar a desconocidos. Nuestra humanidad al fin y al cabo.

Yo crecí y me convertí en lo que ahora soy. La falta de juguetes no me hizo más desgraciado, sino que más bien me enseñó a conformarme con lo que tenía. La Pantaná del ochenta y dos convirtió parques en lodazales, negocios en ruinas financieras, alegrías en tristezas, pero también hizo una cosa buena; unió a miles de personas en la solidaridad, el compañerismo y la necesidad. Nos marcó a toda una generación. Nos hizo como somos.

AlexandreHola cariño, te escribo estas líneas para darte la bienvenida a éste extraño mundo en el que vivirás una larga, próspera y satisfactoria vida. De momento la mera existencia de tu persona ya le ha dado sentido a las de tu madre y mía. Somos una familia completa, aunque aún muevas erráticamente tu cabeza como en un intento de auto-desnucamiento asesino. 

Tendrías que haberme visto contando las caquitas que hacías al día para decírselo a las enfermeras del hospital. La sonrisa en mi semblante cuando ello me obligaba a limpiarte el culito. La sarta de preguntas tontas con que bombardee a las enfermeras cada vez que vinieron a curar a tu madre…y la cara de alivio que pusieron cuando a los tres nos dieron el alta (Sí a mi también me la dieron para que me quedara a gusto). Tu madre te contará algún día no se qué tontería sobre un baño y un cable….no le hagas caso, seguramente será que aquel día tuvo un delirio…

Eres tan delicado estos días, tan poquita cosa. Nos tendrías que haber visto el primer día cómo te mirábamos con miedo a que te rompieras. Y sin embargo, en el momento en que fue necesario que te rescatara de aquel caparazón protector que era tu cuna, aquellas temerosas manos se convirtieron en firmes lianas que te sujetaron a la vida. Desde ese momento supiste reconocer mi olor. Y te digo una cosa, lo aprendiste muy rápido; si te cogía yo era momento de dormir, si lo hacía tu madre de comer…así de mecánico.

No me ves aún. Para ti el mundo todavía es un lugar lleno de sombras que te pasan por delante de la cara. Hijo mío déjame que te aclare una cosa; la mayoría de esas sombras que ves son tus manos y las otras las cabezas de familiares y padres que se asoman a la cuna para verte enfurruñado, que al parecer, es tu estado de ánimo habitual cuando estás despierto. Pero cuando duermes, cuando duermes conviertes tu cara en el fiel reflejo de cómo debería ser un angelito del cielo, bello, inocente y hermoso hasta decir basta, hasta encoger nuestro corazón de padres. Para que me entiendas, ni tus caquitas huelen para nosotros…

Te doy la bienvenida a un mundo en el que por encima de todo espero que seas buena persona. Tu familia te lo agradecerá, entre otras cosas, porque no hay nada que sea mejor bienvenido en la vida de nadie que la presencia de un ser humano que destaque por esa cualidad. Si eres bueno, atento y vacío de maldad, las oportunidades en la vida se abrirán paso a tu encuentro y disfrutarás de una vida plena y satisfactoria que tu madre y yo podremos vivir a través de ti.

Eres lo mejor que nos ha pasado y por eso te escribo estas líneas, para que todo el mundo sepa que no hay padres más felices que los que se hacen llamar, de ahora en adelante, papá y mamá. Has cambiado nuestras vidas, te has convertido en el corazoncito compartido de tu madre y mío. Eres, por encima de todas las cosas, el centro de nuestro recién descubierto universo particular.

Uno se aficiona a leer panfletos, ya saben, esos recortes de pensamiento anónimo estampados en páginas otrora blancas como la nieve y hoy emborronadas bajo las tachaduras de una segunda e inútil valoración de lo escrito antes de ser publicados, y se olvida de que la única razón que existe para que ellos, los panfletos, pervivan a lo largo de los años, es, ni más ni menos, que la propia existencia de seres como nosotros, que subyugados al placer que proporciona el que les regalen los oídos, se perpetúan en la sociedad favoreciendo que lo que bien podría haberse finiquitado de un plumazo, se convierta en alimento imprescindible del extinto intelecto individual, que más tarde pasará a convertirse en colectivo, y que acabará, cómo no, trocado en una losa que entierre lo que un día pudo representar el pensamiento crítico individual.

El mundo, señores, se nos va a la mierda. No nos queda nada que podamos defender del modelo que nos dimos. Políticos. Banqueros. Instituciones. Funcionarios. Nuestras quejas suenan vacías. Suenan iguales salgan de la boca que salgan. Renegamos de lo que ayer aplaudimos. Lo desechamos al cubo de la basura y borramos de nuestra memoria cualquier atisbo de razón para su existencia que nuestras libidinosas mentes pudieran esconder entre sus insondables pliegues. Olvidamos, como nos pedía el Gran Hermano de George Orwell, y aceptamos sin remordimiento que tanto da cuatro que cinco, con tal de que nuestra respuesta, correcta o incorrecta, agrade a quien deba agradar. Sin remordimientos. Sin juicios de valor. Sin pestañear.

Leemos y mientras tanto asentimos. Sin apartar la mirada de los renglones que tememos perder de vista no sea que cambien en el tiempo de un parpadeo. Ardemos en deseos de leer la verdad definitiva. Pero no para regodearnos en ella. No. Lo hacemos para poder dejar de aprender nuevas verdades. Para parar de desechar recuerdos que puede que en realidad nos gusten, pero que la actualidad nos obliga a obviar. Reaprendemos a aprender y a mecanizar respuestas establecidas en otras mentes. Repetimos frases, conceptos e ideas ya mascadas por otros, a las que les incorporamos sintaxis equivocadas con las que personalizarlas sin que se puedan desvirtuar en sus contenidos, sus significados, sus fines. Yo leo. Critico y leo. Y aún así, sólo soy capaz de escribir panfletos.

Poco más hay que decir salvo una sola cosa, yo al menos no vivo de ello.

Uno se pregunta de vez en cuando si no será verdad aquello de que nos ahogamos en la escoria que nosotros mismos creamos. Vivimos pendientes del mundo y el mundo, asqueroso en sus formas hasta para eso, nos obvia como obvia un elefante a una hormiga al pasar camino de la charca en la que disfrutará de unos momentos de alegría y regocijo. Nos quejamos del mundo y, para cuando el mundo nos permite poder informarnos a través de las Redes eligiendo nosotros mismos las fuentes de las que beberá nuestro desentrenado y cuasi atrofiado intelecto, vamos y nos apuntamos a las mismas misas de las que huimos desde el instante en que tomamos la primera comunión.

He estado observando mi propio TL. Es encender mi móvil para curiosear lo que por Twitter se escribe y caérseme los ojos al suelo. Todos y cada uno de los tuits que leo están ahí por mi, así que poco o nada puedo reprender a sus autores, pero me escama tener que leer de vez en cuando cosas, qué digo cosas chorradas que en lugar de favorecer opinión y debate promueven visceralidad y sectarismo a raudales.

Hubo un tiempo en que servidor creyó en una red copada por ciudadanos hambrientos de conversación. Hoy solo veo egos encriptados en seseras, que bien podrían haber elegido la rodilla para nacer, pero que tuvieron a bien hacerlo entre los hombros. El mundo hubiese ganado mucho con ese cambio. Nuestro TL es como los políticos a los que votamos. Tenemos la mierda que queremos y nadie salvo nosotros nos la impone. Yo personalmente estoy rodeado de sectarios, por aquí y por allí, que como yo, sectario donde los haya, se niegan a reconocer su falsa modestia y su limitada capacidad de diálogo porque éstas no salen a relucir a no ser que les niegues la mayor en un lance del debate.

El otro día salieron los datos del paro. Y de golpe me vinieron a la cabeza los recuerdos de las reacciones de los últimos años sobre esos mismos datos de Junio y los cambios de papeles entre unos y otros. Hoy el PP parece el PSOE del año pasado y al contrario. Mi TL ha sufrido una metamorfosis parecida. Pero no es culpa de ellos, sino mía. Yo los elegí para seguirlos y con patatas me los tendré que comer hasta que decida dejar de jugar a ser políticamente correcto para pasar a ser sencillamente yo.

13 Comentarios

Puede que sea

Puede que sea la cercanía de la llegada del esperado Alex a nuestras vidas, pero tengo que decirles a ustedes, mis queridísimos lectores, los pocos que quedan por aquí, que desde hace unos meses, y desde hace unas semanas de forma aún más acentuada, lo que se vive en mi casa, nuestra casa, en una especie de bullicio interior que emerge hacia fuera en forma de sonrisas, tontadas y miles de carantoñas, que impiden a servidor y mujer, pronto papá y mamá, enfadarnos, entristecernos o preocuparnos por cosa alguna que no sea, en el peor de los casos, jugar con la barriguita. La misma que desde hace unos meses centra toda la atención posible de quienes no somos más que dos padres primerizos, que a fin de cuentas, sobrevivimos ésta tensa espera reconcomiéndonos de miedo al no saber a ciencia cierta cómo responderemos ante la llegada de un Alex, que de primeras será toda una incógnita para nosotros, pero al que deberemos comprender al instante con tal de que no le falte nada de lo que pudiera necesitar en un momento dado.

No voy a decirles a ustedes, a mentirles, que no nos preocupamos por las noticias del día. Pero verán, no podemos reprimir nuestra alegría, nuestra esperanza, nuestro deseo de que llegue el momento en que veamos por primera vez a Alex. Y eso impide que los malos farios, las tensiones políticas, las precariedades económicas, dominen nuestro día a día empañando lo que para nosotros no es más que la cercanía del momento más importante de nuestras vidas. Sabemos que dentro de dos o tres semanas nada volverá a ser igual. Nos enfrentamos a ello y lo vivimos expectantes, sabedores de que es lo que queremos, esperanzados porque al menos, en estos años de crisis devastadora, nosotros, dos simples trabajadores crearemos un milagro llamado Alex que para los eternos se convertirá en faro de vida para servidor y parienta.

Ya ven, no he podido escribir sobre políticas y esas cosas. Hoy no me salen. El 16 vamos a monitores para ver qué tal y la cercanía de esa fecha pone el foco de nuestras atenciones en ese ser que vive dentro de Jovi todavía, y que ilumina nuestros corazones sin descanso desde el día en que decidió ponerse manos a la obra y comenzar a convertirse en lo que hoy ya es, un bebe maravilloso.

Hace no muchos años, cuando servidor se encontró con los blogs por primera vez, se llegó a burlar de los que en aquellos días proclamaban que las bitácoras, las Redes Sociales y las herramientas dospuntoceristas en su conjunto, llegarían a cambiar el mundo en que vivía. En aquellos años, seis o siete, los blogs estaban participados por ciudadanos que hacían de hablar de sí mismos una religión. Días aquellos en los que palabras como ‘nicho’, por sus connotaciones profesionales, estaban mal vistas. Años en los que las bitácoras proclamaban que la publicidad era mala malísima. Años en los que se comenzaba a creer en un mundo globalizado que hiciera de la libertad de opinión algo más que la posibilidad de leer dos o tres periódicos de diferente cariz ideológico. Años, en definitiva, en los que soñar era algo gratuito que nos permitía incluso fantasear con una posibilidad bohemia que hiciera virar nuestro mundo oscuro, gris y cerrado, hacia un lugar mejor para todos.

Tal vez lo único que pudo hacer que este mundo, del cual yo me burlaba, pudiera comenzar a conseguir el objetivo que tenía marcado genéticamente, fue el que supuso quitarse la losa de los prejuicios comerciales a los que con tanto ahínco había combatido. Ya saben, la muerte del búho y esas cosas. Permitirse a sí mismo crecer, hacerse adulto, sacarse complejos y competir en igualdad de condiciones con quienes más tarde sucumbirían a la evidencia y la inmediatez del mundo dospuntocerista. Transformarse para pasar a convertirse en embriones de lo que al final acabará convirtiéndose en una blogosfera profesional, que sin duda alguna, siempre necesitó de un primer paso, una condición necesaria; la inclusión de unos ingresos económicos que aún hoy en día son insuficientes para la autosuficiencia, como bien dijo Fernando Tellado hace unos días en las entrevistas Netambulianas de Juanan.

Hoy en día aún no existen los blogs económicamente autosuficientes. No hay bloguer que pueda decir abiertamente que se puede permitir vivir de su trabajo. La mayoría de los que lo han intentado han fracasado. Y esa mayoría es la que a día de hoy hace de los cursos dospuntoceristas y las charlas en convenciones un pedestal desde el que mantener su estatus de gurús de la blogocosa. Ya saben, continuemos hablando de nosotros mismos, generando nuestro propio contenido y rumiando durante años los mismos pastos que nos vieron nacer, hasta que podamos permitirnos salir de la bolsa marsupial en que sobrevivimos para existir por nosotros mismos sin cordón umbilical alguno que nos asista.

Por aquellos años, esos de los que hablábamos antes, participar en las Redes Sociales de la época; Live Spaces, MSN anteriormente, y demás plataformas que ahora no recuerdo, estaba más que mal visto. En ellas había publicidad y eso iba contra los cánones del buen bloguero, de su libertad para criticar, e incluso de su credibilidad para opinar. La Redes Sociales estaban, por decirlo de una forma suave, estigmatizadas por algo que más tarde se convertiría en primordial a la hora de hacer creíbles algunos proyectos que después sí cambiarían el mundo. Eran algo residual, mal visto y como ha demostrado la corta historia cibernauta, profundamente necesarias para la eclosión de este mundillo en la vida real.

A día de hoy lo que antaño era un sueño lo continúa siendo, pero con una salvedad, el mundo dospuntocerista ya no se reduce a los blogs. Hoy en día herramientas como Twitter han conseguido, con sus anteriormente por mi criticados ciento cuarenta caracteres, lo que millones de posts no hicieron nunca; la participación de periodistas y políticos en una conversación multinivel en la que cualquiera puede participar. Herramientas como ésta, o Facebook en mucha menor medida, han permitido a la ciudadanía conversar, aunque el concepto real de esta palabra no sea aplicable en su totalidad, con quienes hasta ayer eran los padres y madres de la opinión.

Políticos y periodistas se han visto obligados a participar en una conversación global de la que siempre huyeron y renegaron. Puede que sea cierto que conversar no sea exactamente lo que hacen, pero se exponen en verdad con sus comentarios al juicio inmediato de las masas en un medio que no controlan y que a día de hoy es capaz de tumbar reputaciones a base de RT’s y hasgtags.

Ahora a los padres del dospuntocerismo nos queda sólo una cosa por hacer; aprender a opinar y sobre todo desprendernos del resto de tópicos que puedan lastrar el crecimiento. Yo no podré hacerlo nunca porque, como dije al principio de mi pequeña historia dospuntocerista, no aceptaré dinero por lo que escriba o deje de escribir por estos lares. Se tienen las herramientas y las posibilidades necesarias para hacer de este mundillo el parlamento mundial que siempre se soñó. Ahora solo nos queda dejar de ser niños, apartar de nosotros aquel cáliz en forma de seguidismo del que seguimos viviendo, y aprender a batir las alas en un mundo en el que el blanco o el gris no son más que dos extremos de un universo de grises que es en verdad el mundo del que venimos.

Espeluznante la cifra de parados que llevan más de tres años sin encontrar trabajo. Aterrador tan solo imaginar la situación en que se encuentran. Espantoso vislumbrar las penurias que estarán padeciendo. Pavoroso ponerse en su lugar un instante. Tremebundo saber que aún así para muchos de nosotros dentro de diez minutos volverán a ser no más que otra cifra de las miles que bailan estos días por nuestras mentes.

Una situación, la laboral, demasiado dramática para sostenerse durante mucho más tiempo. La crisis se ceba con los eslabones más bajos de las empresas, al tiempo que indemniza a los malos gestores con insultantes despidos que dinamitan cualquier posible perdón que pudieran alguna vez demandar.

Son demasiados ciudadanos que quieren y no pueden los que están pagando por los errores de otros. Demasiadas historias dantescas que convergen en un único punto llamado INEM.

Un punto, por otro lado, que aún queriendo no consigue dar razón de existencia, por su demostrada inutilidad a la hora de hacer aquello para lo que en teoría fue creado; recolocar trabajadores. No en vano, tan sólo el 2’5% de los que encontraron trabajo lo hizo gracias a una de sus oficinas. Un punto, el INEM, que ha acabado reduciendo su labor a la del simple papeleo y conteo de parados.

Hay que plantearse muchas cosas en estos meses. Una por ejemplo es la de exigir a las empresas que ya que se ha fabricado una reforma laboral acorde a sus necesidades, se vean en la obligación de aumentar sus plantillas en un porcentaje mínimo. Que queden prohibidas las horas extraordinarias. Que éstas las hagan trabajadores nuevos a tiempo parcial.

Podemos haber estado de acuerdo con la reforma laboral en mayor o menor medida, pero ahora, con la reforma realizada y los salarios rebajados hasta la saciedad, es tiempo de que las empresas pongan de su parte y se olviden del papel de víctimas del que durante cuatro años han disfrutado.