Que las campañas electorales duran ya cuatro años es algo que todos ya sabíamos desde hace tiempo. Y supongo que también sabíamos, o al menos sospechábamos, que las Redes Sociales serían el siguiente escalón en que se fijarían las maquinarias de los partidos para fidelizar, cuando no evangelizar, los votos que día a día arañan a sus contrarios.

Pero lo que nunca creí que llegaría a ver, lo que me lleva al esperpento, es comprobar que los partidos han decidido caer tan bajo, que incluso sus disputas tendrían un leve y caduco sabor a pimpinela, que transformaría sus discrepancias en simples y vacíos lemas sin contenido, cuya única finalidad es la de convencer a los espectadores de que ellos, que no los otros, son los que tienen toda la razón.

Disputas que no tratan de convencer al contrario, sino a los espectadores, que como servidor, asisten atónitos a semejante despliegue de inmadurez con los ojos como platos ante la pantalla, que un día pasó por ser la revolución del pueblo, y que hoy no es más que un multiverso de panfletos, escritos por mindundis, que tienen la sorprendente capacidad de convencer a la ciudadanía que mejor informada está de toda la historia de la humanidad.

Patético.

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