Nunca pensé que un malabarista pudiese elevar las bolas al ritmo de una canción haciéndolas pasar ya por guitarra, batería o voz, siguiendo el ritmo a la perfección durante más de cuatro minutos. Todo eso sin perder la sonrrisa y arrancando más de una exclamación de sorpresa en los presentes. Como dijimos el otro día, hay oficios que no mueren por la renovación de la que sus artistas hacen gala.

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